- No queda nadie vivo - le digo a Mike cuando regreso al coche-. Todos están congelados.
- Mierda. Y nosotros acabaremos igual si no conseguimos algo de comida. Hace cuatro días que se acabaron las latas. ¿Has encontrado algo?
- Nada. Solo cuerpos congelados.
El frío es el mismo fuera que dentro del coche. Al menos, dentro el viento no te arranca la piel.
- Solo podemos seguir esperando a que alguien nos rescate - me dice Mike.
- ¿Qué te hace pensar que alguien va a venir a buscarnos? Ha pasado una semana. Todo el mundo está muerto. Nadie va a acudir. En la radio siguen diciendo que toda la región está en estado de emergencia. No es posible el transporte ni por tierra ni por aire.
- Joder, no quiero morir aquí. Necesitamos encontrar comida o mañana amaneceremos muertos.
Miro por el retrovisor esperando encontrar una respuesta. Lo único que veo es la larga fila de ataúdes de metal.
- ¿De verdad estás dispuesto a lo que sea con tal de no morir?
- ¿Qué? No entiendo - me dice -. ¿En qué estás pensando?
Le digo a Mike que me siga. Salimos del coche y el viento nos golpea hasta casi tumbarnos. Las piernas se nos hunden en la nieve hasta la cintura pero conseguimos meternos en el coche de enfrente. Nos sentamos en el asiento trasero.
- ¿Qué coño hacemos aquí? - me dice Mike desde el interior de un Chevrolet- Esta gente está muerta.
- Mira - le digo pellizcando la mejilla del conductor-. Carne.
Mike trata de abrir la puerta y salir corriendo pero sus guantes se lo impiden.
- Escucha- le retengo cogiéndolo del brazo-. Solo necesitamos un poco. Tengo aquí el cuchillo de sierra de papá.
- Joder. No conocemos a esta gente de nada. No podemos comernos media cara y volver a nuestro coche.
- Podemos quitarle los pantalones y coger algo del muslo. Dicen que es la parte más tierna.
- Mierda. No.
- Escucha. Quizá mejor con ella - digo apuntando con el cuchillo a la copiloto; una niña de unos diez años-. Seguro que es más fácil de cortar. Es carne joven.
Me incorporo y cojo de los sobacos a la niña. Consigo auparla y la arrastro al asiento trasero. La pongo en medio de los dos. Mike se aleja todo lo que puede del cadáver y se cubre la cara con las manos.
- De acuerdo - digo-. ¿Qué parte prefieres?
- Ninguna - me dice.
- Como quieras.
Abro el anorak de la niña. Levanto las capas de ropa que lleva hasta dar con su cuerpo. Golpeo con la cuchilla sobre su piel y rebota como si fuera un neumático helado.
- Vamos allá.
Meto la punta del filo y comienzo a cortar a la altura de la cadera. En el silencio del coche, se escucha el crujir de la sierra trinchando la grasa. Se me hace la boca agua.
Me meto en la boca un trozo de unos cinco centímetros. Dejo que se descongele unos segundos con mi saliva. Cuando comienzo a notar que se ablanda lo masco hasta tragármelo.
- ¿Te lo has comido? - me pregunta Mike sin atreverse a mirarme todavía.
- Sí - le respondo mientras meto el cuchillo de nuevo y me hago con otro pedazo.
- ¿A qué sabe?
- Toma - le digo ofreciéndoselo-. Dímelo tú.
Mike se quita uno de los guantes y lo coge. Se lo acerca a la nariz.
- No huele a nada.
Se santigua y se lo mete en la boca. Comienza a masticar con cuidado. Como tratando de no hacer daño. Cierra los ojos y traga con dificultad.
- ¿Y? - le pregunto.
- No sabe a nada - dice en un tono de decepción -. Bueno, mejor así.
Levanto un poco más la ropa de la niña y corto un trozo más grande. Esta vez de la barriga. Comparto el trozo con Mike.
- ¿Sabes qué te digo? - me dice Mike dejando el pedazo de carne sobre la pierna de la niña-. Voy a ir un momento al coche. Si no recuerdo mal, llevábamos un bote de salsa barbacoa.
FIN
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