miércoles, 13 de noviembre de 2019

La llamada.

Aquella llamada telefónica me salvó la vida. Y no, no exagero. Me gusta el drama, lo admito, pero esta vez hablo completamente en serio. Era miércoles, el sol se despedía, mientras yo le ignoraba. Llevaba horas en la cama. Semanas atrás había perdido mi trabajo. Los rostros de mis amigos se difuminaba en la memoria. Ya solo había cabida para la oscuridad.

Abrí el cajón de la mesilla y a tientas cogí la pastilla. La odiaba aunque fuera el único modo de sentirme mejor. Y entonces sonó el teléfono. “Blanca enciende la tele” bramó una voz ronca al otro lado de la línea. Asentí como si pudiese verme y caminé hacia el salón.

El calor regresó a mi cuerpo. La adrenalina y la ansiedad dispararon la actividad de mis neuronas tras meses de letargo. Claudia estaba en Bali. Maldita sea. Claudia era lo único que me quedaba en la vida, y el principal motivo por el que no me permitía abandonarla. No era posible. El destino no podía ser tan hijo de puta. Las imágenes eran devastadoras: toda la costa norte destruida por un tsunami. El terremoto causante no había tenido suficiente y mandó a su réplica golpear el resto de la isla. Miles de desaparecidos. Innumerables heridos. Y entre ellos, mi pequeña Claudia. Maldito el momento en el que le permití que se marchase.

El bloqueo que me había mantenido retenida en casa durante las últimas semanas desapareció. Me reencontré con la antigua Blanca, la auténtica, la dinámica y resolutiva. La esperanzada. Con las manos temblorosas me embarqué en la búsqueda de medios de transporte. Tenía que llegar a Bali, de cualquier modo, sentí que ese era mi deber como madre. Moví hilos y en pocas horas me encontraba en un avión rodeada de jóvenes voluntarios, inocentes y para nada preparados para la intensidad de lo que estaban a punto de presenciar.

La televisión para nada representaba la violencia del panorama. Dolor en cada expresión. En algunos ojos, los más afortunados, se percibía la esperanza. Pero sin duda alguna, la angustia era la protagonista en cada uno de los rostros que me crucé del aeropuerto al campamento.

No pegué ojo. Nunca había sido lo suficientemente atrevida como para dormir al raso. Y desde luego, no era así como alguna vez había fantaseado hacerlo. Intenté vaciar la mente contando estrellas, pero no fue suficiente. Necesitaba encontrar a Claudia.

Vagué sin rumbo entre cientos de personas, que como yo, permanecían despiertas en plena madrugada. Me senté frente a dos niñas que lloraban desconsoladamente. No dije nada, solo las abracé. El sollozo aumentó ligeramente para acto seguido menguar paulatinamente. Me dieron la mano y me acompañaron en aquel extraño paseo.

Hicimos muchas más paradas, hubieron abrazos, llantos, confesiones, algunas palabras duras, otras de ánimo. Hubo humanidad en medio del desastre. Y entonces lo supe. Aquella era mi vocación. Después de cincuenta años, la había encontrado, justo ahí, en medio de uno de los peores momentos de mi existencia.

Al amanecer me lancé, junto con mis compañeros, en busca de supervivientes. En mi caso, en busca de Claudia. Fui muy afortunada. Nos encontramos a mitad mañana en el hospital principal. Cuidadosa y dulce, como siempre. Estaba curando a una mujer de mediana edad al final de la sala de urgencias. Alzó la vista y corrió hacia mi. Creo que nos abrazamos durante más de veinte minutos.

Desde aquel día, no volví a tomar una sola pastilla. Me instalé en Bali y comencé mi carrera como psicóloga de emergencias. Mi estancia no fue muy larga, pero saboreé cada instante de convivencia con Claudia, para después partir hacia donde el destino marcase: Allí donde más me necesitasen, aquel sería mi hogar.

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