El leve temblor ha durado unos segundos. Los suficientes para despertarme.
Abro los ojos y me levanto sin demasiada inquietud. Todo está en orden. En la agencia de viajes ya me habían advertido de que aquella era una zona con bastante actividad sísmica. La verdad, nunca había sentido un terremoto y me pareció chocante, hasta divertido. La lámpara de la habitación todavía baila colgada del techo.
Siempre me ha gustado ver amanecer, pero desde el coche camino del trabajo, apenas puedo apreciarlo. Me asomo a la ventana. Aprovecho para ir al baño; la vejiga estaba a punto de estallarme. Ella aún duerme, está tranquila. Me asomo a la ventana, el paisaje es fantástico y ya sin sueño, bajo para darme una vuelta por la playa antes del desayuno.
El sol despunta en el horizonte y tiñe de un color anaranjado las finas nubes sobre el mar azul turquesa. Miro a mi alrededor. Tan sólo unas pocas personas se ejercitan corriendo o haciendo estiramientos en la arena.
Un nuevo temblor me hace perder momentáneamente el equilibrio.
Las palmeras se agitan impulsadas por una fuerza esta vez distinta a la del viento. Me relajo al ver que los demás madrugadores no se inmutan. Busco mojarme los pies en la orilla, pero esta retrocede tímidamente a cada paso que voy dando, como invitándome a adentrarme en su entrañas. Veo erizos, cangrejos, un pulpo retirándose lentamente en busca de cobijo y algunos peces coleteando rápidos siguiendo el rumbo de la marea. Se acerca un lugareño y va metiendo en un viejo y maloliente saco de arpillera aquellos pequeños tesoros ahora expuestos.
“Hoy no pasará hambre” pienso. Intento ayudarle. Es divertido y resulta fácil, casi emocionante atrapar esas pequeñas presas con mis manos. El hombre me mira y dibuja una sonrisa agradecida en su desdentada boca.
Se oye una sirena.
Mi ocasional compañero de pesca abandona su saco y corre. Me invita a hacer lo mismo con señales. No entiendo porqué. Recojo el saco abandonado e intento acercárselo, pero él huye.
“¡Buff, que tío más maleducado! Aunque quizás esté prohibido marisquear con la marea baja…” - me digo intentando disculparle-.
En la carretera que circunda la playa está la policía esperándole. Le introducen en el coche y desaparecen a toda velocidad hacia el centro de la ciudad.
“Pobre hombre”. Dejo el saco en la arena por si también acaban deteniéndome. Vuelve a sonar una sirena, pero esta vez mucho más intensa y continua. Tengo que taparme los oídos, hasta acostumbrarme a su sonido. Miro hacia el hotel. La gente sale a las terrazas. Esther, semidesnuda me saluda desde la nuestra y me señala.
- ¡Yo también te quiero, cariño! - grito devolviéndole el saludo plenamente consciente de que no puede oírme. Decido ser más gráfico y le dibujo un corazón con las manos. Parece que grita.
“¡Qué apasionada es! ¿Seguirá siéndolo después de la luna de miel?” No obstante, ella sigue gritando y señalando.
Los pájaros levantan su vuelo al unísono sobre la isla. El espectáculo es impresionante. Hay movimiento en el paseo, la gente corre y la carretera se inunda de una frenética fila de coches y motos que se esquivan ocultando con el claxon el persistente rumor de la sirena que ahora parece querer hablar, contarme algo que no entiendo en aquel indescifrable idioma.
Cuando quiero darme cuenta estoy sólo en playa. Toda para mí.
El horizonte se ha difuminado y las nubes anaranjadas se han tornado blancas. Un seco bramido parece anunciar una tormenta. El mar sigue alejándose hasta juntarse con las nubes construyendo un imponente y espumoso muro. Me vuelvo. Esther se despide agitando la mano y en su forma de decirme adiós intuyo angustia. En otras terrazas los turistas esconden sus rostros tras los móviles.
Por fin lo entiendo, pero es tarde.
Mis piernas están paralizadas y aunque quisiera correr de nada serviría. Le oigo llamarme. Miro hacia atrás, viene hacia mí, desnuda, dibujando sus pisadas un delicado camino sobre la arena húmeda. Un camino ya sin vuelta. Yo también me desnudo. Sobre sus mejillas resbalan varias lágrimas. La beso en la frente y nos cogemos de la mano. “Estoy en paz, no tengo miedo” pienso al ser arrastrado por una fuerza inmensa que nos separa y centrifuga. Tengo angustia, pero tan sólo dura unos segundos, los que tarda el agua en inundar mis pulmones evacuando de golpe el escaso oxígeno que aún conservan. Siento como si mi piel fuera de escamas y mis piernas se hubieran transformado en una enorme cola. Ahora podemos volar sobre las olas, como un par de delfines.
Los dos nadamos mar adentro, lejos del caos y los despojos de la vida
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