jueves, 9 de enero de 2020

Inodoro que no indoloro


Bajó a la calle y respiró hondo, buscando el aire nauseabundo que siempre infectaba aquella zona. Estaba harto de perfumes y buenos olores, así que se quedó allí un buen rato con las fosas nasales bien amplias y los ojos muy abiertos, como queriendo aspirar también por ellos la mayor cantidad de aquellas apestosas emanaciones. 
Subió las escaleras despacio, una a una, con la tranquilidad que le daba haber tomado por fin una decisión. “No más humillaciones, no más gritos, no más chantajes, no más perdones, no más te quieros”. Introdujo la llave y giró el pomo de la puerta. 
La sinuosidad de su desnudez rompía el horizonte de una cama deshecha y sucia. Se acercó y volvió a olerla. Olía como los lirios que a veces recogían en la playa. Se sintió de nuevo esclavo de aquel perfume e intentó rozar levemente  el fino vello de su brazo.  Retiró la mano asqueado de su propia debilidad y se dirigió al baño. Sin duda era el olor, aquel olor casi humeante de deseo lo que velaba su entendimiento. 
Abrió la tapa del water y ahí estaba, flotando desafiante y delator; adúltero plástico anticonceptivo reacio a perderse en  el abismo de las cañerías, como un ahogado que siempre acaba boqueando aire en la superficie una vez tras otra y nunca acaba de morir.“Morir”, repitió en un susurro. 
La vieja y desordenada caja de herramientas, olía al sabor oxidado de la sangre. Procurando no hacer demasiado ruido para no despertarla sacó una pequeña sierra, un destornillador, una llave inglesa y un martillo alineándolos sobre el cálido suelo de tarima. Se agachó y acercó la nariz intentando detectar el aroma de cada uno de ellos. ¡Por fin se decidió! El martillo combinaba con acierto el frío olor del metal con el dulce  matiz del barniz de la madera; adecuada metáfora de su vida en ese instante. 
Sentado al lado de la cama, la olisqueó intentando retener por última vez en su pituitaria la almizclada fragancia de su piel. Aspiró profundamente, levantó el martillo y lo dejó caer fuertemente sobre su cara. Sonó un sonido seco y vacío, seguido de un suspiro de dolor apenas contenido.  Luego un grito de horror inundó la habitación. Todo había acabado.
-"¿Qué has hecho?" exclamó ella intentando apartar con sus manos aquella lluvia cálida y pegajosa que caía sobre su rostro. Él se incorporó con la cara desfigurada por el dolor y la sangre. Tambaleante y aturdido sólo alcanzó a decirle “adiós” mientras intentaba contener con una toalla la hemorragia de su nariz machacada. “Nunca más volveré a olerte” le dijo, mientras cerraba tras de sí de un portazo la puerta de su casa.

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