La última parada
—Anna, el tren está parado.
—¿Max, me has despertado para decirme esto?
—Sí y no. Creo que pasa algo extraño. Quería hablar con
la azafata, pero no ha habido manera de encontrarla.
—Puede que esté en el vagón restaurante. ¿Qué hora es?
—Son las diez. Y, por cierto, miss Marple, también he mirado
en el vagón restaurante y no había nadie allí.
Subí la cortinilla, nos encontrábamos en mitad de la
nada. La débil luz de la luna iluminaba una superficie nívea. Fuera ululaba el
viento y los copos de nieve se pegaban al cristal formando extraños dibujos.
—Max, ¿has
visto cuanta nieve ha caído? Estarán en las vías limpiando.
—¿Todos?
¿Y las azafatas y los del vagón restaurante?
—Sí,
Max, todos, y, si quieres, puedes unirte a ellos, yo solo quiero dormir.
Nos
despertamos a las nueve en punto. El tren continuaba parado. En el
compartimiento hacía un frío glacial. Abrí la puerta esperando oír las
protestas de los demás pasajeros y me encontré con un silencio sepulcral. Salimos
a investigar.
El
compartimiento de la azafata estaba vacío. En el vagón restaurante tampoco
había nadie. Sobre las mesas había platos empezados aún humeantes.
—Esto
parece un maldito Triangulo de las Bermudas.
—Tranquila,
ahora averiguaremos qué es lo que pasa. Quizás alguien de los pasajeros sepa algo.
En
principio, llamábamos a las puertas, luego las abríamos sin avisar para
encontrar otro compartimiento vacío. La ventisca aullaba y gemía como una
manada de hienas. De vez en cuando se detenía para recuperar fuerzas y volvía a
atacar con más furia.
—¿Dónde
están todos? ¿Qué pasa?
—No
tengo ni idea, Anna, pero esto no es normal. Es imposible que todo el mundo
haya desaparecido de golpe. ¿Y si es la cámara oculta?
—¿No te
parece que el espectáculo se está haciendo demasiado largo? Me estoy
congelando.
—Vamos a
mirar en la cabina del maquinista, a lo mejor hay alguien dentro.
Avanzamos
por los angostos pasillos hasta dar con la puerta de la cabina de mando. Max
llamó tímidamente, luego con más insistencia y finalmente dio una fuerte patada
y la puerta se abrió. Nadie. Solo un cigarrillo recién encendido.
—¿Qué te
he dicho? Ves, es la cámara oculta. Los muy cabritos se esconden para no
estropear el show.
—¿Y
ahora qué hacemos? ¿Esperamos hasta que aparezcan los del programa y nos saquen
de aquí? ¿Qué planes tienen para nosotros estos locos? Me estoy convirtiendo en
un muñeco de nieve.
—Tenemos
que encender un fuego para calentarnos, volvamos a nuestro compartimiento.
Hicimos
un montón con las sábanas y Max buscó instintivamente el mechero en sus
bolsillos.
—Mierda,
no tengo nada con qué hacer fuego. Has sido tú con tu rollo del fumar mata.
Ahora nos moriremos congelados porque no llevo un puñetero mechero encima.
—¿Me
echas la culpa? No olvides que estamos aquí por tu mamaíta. Desde que la
operaron cada año tenemos que ir a rendir homenaje a su vesícula biliar
extirpada y siempre tiene que ser vísperas de Navidad. ¿Cómo puede doler algo
que no existe?
—Déjala
en paz. Es mi madre. No digas nada de lo que puedas arrepentirte luego.
—¡Claro!
Si esto es la maldita cámara oculta y estamos en directo. Hola, Elena
Mijaylovna— saludé con la mano a mi invisible suegra—. No se lo tome a pecho,
la quiero mucho. Mire, me he puesto esta bufanda de lana de angora que usted
tejió para mí. Es tan suave, tan calentita. Espero que no se convierta en una
pitón.
—Déjate
ya de tonterías. Vamos a buscar un mechero.
No
encontramos nada que pudiera servirnos para prender fuego, pero en el último
compartimiento había dos pares de esquís. Antes no estaban allí. Comprendimos
que era una pista para el siguiente paso de nuestra aventura.
—Te he
dicho que era la cámara oculta. Alguien los ha dejado para nosotros, incluso,
son de nuestra talla.
Abrimos
las puertas ayudándonos con palos. Vislumbramos una casa en la lejanía.
—Querrán
que vayamos hasta allí. Tenemos que darnos prisa, hay que llegar antes de que
anochezca.
Nos pusimos en marcha. El frío penetraba nuestros huesos,
los dientes nos castañeteaban, los ojos lloraban y las lágrimas se convertían en
hielo.
— Aguanta,
Ania, la casa no parece estar tan lejos. Más vale que luego nos espere un buen
premio porque si no, esos listillos de la televisión se van a enterar.
Pero
nunca llegamos a aquella maldita casa. Parecía que nuestra meta estaba viva y
se alejaba cada vez que ya estábamos a punto de alcanzarla.
—Que os
den, cabrones, si le pasa algo a mi mujer, os mato. Vamos, nena, volvamos al
tren.
Dimos
media vuelta y vimos que no nos alejamos nada del tren.
—¿Pero
qué puñetera rueda de hámster es ésta?
—Serán
efectos especiales porque, según tú, esto es un jodido show.
—Pues
fin del juego, que caiga el telón, no quiero participar en ninguna cámara
oculta. Queridos espectadores, disculpen las molestias. —Max se inclinó en una
reverencia.
De
repente, el escenario se llenó de otros personajes. Coches de policía,
ambulancias, luces estroboscópicas, gente corriendo, periodistas… Nos dirigimos
hacia nuestro coche y vimos dos camillas cubiertas con sábanas encima de la
nieve. “Son las nueve de la mañana y estamos en el lugar de un atentado
terrorista que ocurrió alrededor de las diez de la noche en el tren
Moscú-Novosibirsk. El equipo de rescate acaba de recuperar los cuerpos de los
dos últimos pasajeros…”
Una
ráfaga de viento levantó una de las sábanas y reconocí la bufanda de lana de
angora que me había regalado mi suegra.
—Max,
ahora sé quien dejó los esquís.
—¿Quién?
—La Muerte. La vieja se burlaba de nosotros. Le hacía gracia ver cómo intentábamos
escapar de nuestro destino.
—No es
verdad, nena, es solo un show, un maldito show.
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