miércoles, 13 de noviembre de 2019


ATRAPADOS, Y LO DE MENOS FUE LA NIEVE.


   Lo más prudente hubiera sido hacer caso a las previsiones meteorológicas, es lo que cabe esperar de alguien como yo, poco amante de sorpresas e imprevistos, pero Laura se había empeñado en visitar aquella tarde a su hermana con la que, al parecer, necesitaba consultar algo urgentemente.
   El porqué no me opuse a su exigencia cabía buscarlo en su comportamiento durante los últimos días. Estaba extraña, ausente y con ese semblante que tan bien conozco: el que aconseja no hacer demasiado ruido. No obstante, y vista la situación en la que nos encontrábamos, no hubiera estado de más enfrentarme a ella y poner un poco de sentido común para intentar convencerla de no salir de casa, pero amenazó con ir sola.
   En la estrecha carretera de montaña que separa nuestra casa de la de mi cuñada, un centenar de vehículos con nieve por encima del nivel de las ruedas, corríamos el riesgo de quedar sepultados. Protección Civil conocía nuestra situación y vendrían a sacarnos de aquella ratonera, pero los medios para despejar el camino tardarían entre cinco y seis horas en llegar.
   Entre la nieve que las ráfagas de viento arrojaban sobre el parabrisas y el calor interior que empañaba los cristales, quedamos aislados del entorno, como en una habitación blanca. En otra situación, Laura hubiese mostrado miedo y preocupación, sin embargo, continuaba muda con la mirada perdida.

   - ¿Qué te pasa, Laura?
   - Nada, qué va a pasar -la misma respuesta de los últimos días, la que solo augura tormenta y no precisamente de nieve.
   - Si tú lo dices, aunque, no sé, llevas unos días que...
   - Mira, Alberto, nadie te ha obligado a salir, si has venido es porque has querido. Que la cosa se ha complicado y estamos atrapados en esta puta carretera, pues sí, pero es lo que hay.
   -¿No crees que lo más prudente hubiera sido posponer esta visita?, no han parado de advertir que, si no era imprescindible,  no saliésemos de casa, ¿tan urgente era ver hoy a tu hermana?
   - Y no solo para mí. Lo que tengo que hablar con Elena te concierne en gran medida, o es que no te has dado cuenta todavía.

   Una sensación de mareo me recorrió todo el cuerpo hasta explotar en la sien. Vi como la vida se tambaleaba ante mis ojos y comencé a perder pie mientras la seguridad me abandonaba. Cuando Laura se encerraba en aquellas periódicas calladas me sentía un ser desdichado, temeroso de lo peor. Me hundía hasta que cualquier banal conversación la sacaba de sus abstracciones y devolvía nuestra relación a la cotidiana normalidad. Volvía a ser feliz. En esta ocasión, la cosa era distinta.

   - ¿Tú me quieres, Alberto? -dijo, atrapándome dentro del cada vez más gélido habitáculo.
  - Por supuesto que te quiero, ¿a que viene esa pregunta? -respondí con la voz tomada y un ligero temblor en los labios.
   - No podemos continuar así. Yo también te quiero, pero no estoy enamorada de ti. He perdido la ilusión, nuestra vida es monótona, le falta esa chispa que antes tanto nos emocionaba. Eres una gran persona, un excelente compañero, pero...

   Muchas horas después la nieve seguía cayendo. Laura y yo, arrebujados en una vieja manta en el asiento trasero, intentamos aprovechar el calor corporal para no quedar congelados. ¿Retendría a mí lado lo que más quería? o ¿en esta ocasión la relación se tornaría más fría que la nieve que nos sepultaba, hasta romperse con la fragilidad del cristal?
   Una lágrima caliente, tras resbalar por mi mejilla, cayó sobre el párpado cerrado de Laura. Abrió los ojos, me miró, y a continuación volvió a cerrarlos. Ella todavía dormía cuando llegó el rescate.

 



 

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