TIEMPO CONFUSO
A
pesar del fuerte viento que sacude nuestro coche, de la cantidad de
objetos esparcidos por la estrecha carretera y de la lluvia incesante
que dificulta la visión, conduzco relativamente tranquilo, confiado
en la habilidad que creo tener al volante. Sin embargo, no transmito
esa seguridad a mi amigo Pedro, que, sentado en el asiento del
acompañante, muestra una actitud corporal muy tensa, con los ojos
bastante abiertos y sin dejar de fijarse en la carretera.
Le
digo que se tranquilice, que la tormenta no durará mucho tiempo y
que pronto llegaremos al restaurante,
donde deben de estar esperándonos los demás.
Pero
él no deja de echarme en cara que con este tiempo endemoniado
deberíamos habernos quedado en casa
y no haber acudido a la comida.
A
lo lejos distingo un objeto que parece ocupar todo el ancho de la
carretera y cuando llegamos a unos pocos metros de él se confirman
mis sospechas: un tronco que ha caído y hace imposible el paso. Ni
que decir tiene que el nerviosismo de Pedro va en aumento.
Recuerdo
que unos cien metros antes
he visto una bifurcación, así que doy marcha atrás para intentar
llegar a ella y buscar una salida. Pero no llevamos
ni
dos
metros recorridos cuando otro tronco cae sobre la carretera y la
corta también por ese lado. Estamos dentro de un coche retenido
entre dos
perversos troncos,
asediados
por una
lluvia que coquetea
con la posibilidad de convertirse en granizo y con un viento que
agita nuestro coche como si fuera una
coctelera en manos de un gigante.
Cuando
ya se me acaban los argumentos para intentar calmar a mi amigo,
cierro los ojos y, sin poder soportar por más tiempo sus reproches y
su voz cada vez más elevada, se me ocurre impulsivamente darle un
beso en toda la boca, con punta de lengua incluida. Sería esperable
dar una respuesta lógica a quien me preguntara por qué lo hago,
pero, con sinceridad, no podría darla. Pedro se calma un poco, quizá
por la confusión que le ha producido lo que acabo de hacer que por
otra cosa, porque no me dice nada y me mira muy sorprendido durante
unos segundos; pero en seguida vuelve a recuperar parte de su
agitación. No sé lo que me dice, su voz me llega confusa e
imprecisa, como si yo estuviera sumergido en agua y él fuera de ella
hablándome. Ese beso me ha trastocado bastante: no lo he encontrado
nada incómodo. De repente me encuentro en este pequeño espacio
encerrado con un hombre al que veo con otros ojos, con unos ojos con
los que no le había visto hasta ahora. El desorden en el exterior
del coche es solo un poco superior al que yo siento en ese momento
dentro de mí. Espero que escampe pronto para poder salir de aquí y
asegurarme que algo que ha durado apenas tres segundos no pueda
cambiar las verdades que creía incuestionables. ¿Pero y si las
cambia?
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