Siempre he tenido miedo a mis manos.
Sus diez dedos, enormes, parecen tentáculos mecanizados. Se articulan
sin control por mil partes diferentes, adoptando aterradoras formas: garras,
zarpas, anclas, cepos.
Sus venas, gruesas y moradas, sobresalen infladas del exceso
de sangre que transportan. Bajo mi piel cascada y reseca, deshidratada y áspera,
unos tendones duros aparecen con cada movimiento de mis dedos. Son como los hilos
de una marioneta que alguien manejase sin mi permiso. Quién sabe si, en mitad
de la noche, podrían lazarse al cuello de mi esposa y en pocos segundos
asfixiarla sin yo darme ni cuenta.
Lo más terrible de mis manos son sus uñas. Pequeñas
cuchillas que nunca dejan de crecer. No importa que las corte, o que las arranque,
siempre acaban creciendo una y otra vez, inquietantemente sigilosas. Diez filos
que convierten a cada uno de mis diez dedos en cuchillas de diferente talla. Y
debo prestar mucha atención. Sería fácil que me rajasen las venas mientras me
doy un baño caliente. O rebanarme el cuello, justo por la yugular. Diez
verduguillos con los que podría descabellar a un niño en un error de cálculo.
Por eso, el día que mis manos estrangularon a aquel señor
que me increpó por saltarme un semáforo en rojo, me quedé mirándolas, aterrorizado.
Desde entonces no dejo de vigilarlas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario