Tras
un vuelo agotador, llego al hotel con María, mi mujer. Es nuestra luna de miel.
—¡Madre
mía! ¡No hace falta morir para llegar al Paraíso! —grito al abrir el balcón de
la habitación y descubrir el espectacular amanecer que embellece el paisaje.
A mis pies puedo ver una piscina preciosa
rodeada de cómodas tumbonas, enormes palmeras frente a un horizonte de cielo y
mar que acaricia la arena.
—¡María
ven a ver esto! Ha valido la pena llegar hasta aquí solo por verlo.
—¡Ma-ra-vi-llo-so!
—dice María al verlo.
Me
coloco a su espalda y la abrazo por la cintura. Juntos contemplamos los colores
del alba extasiados.
Después, mientras ella se prepara
para bajar a la playa, con mi conjunto playero puesto deshago las maletas. Hace
un día espléndido para bañarse y tomar el sol.
Me sumerjo sin esperar ni un segundo
y disfruto tanto en sus aguas de cálidas arenas blancas que caigo rendido sobre
la hamaca. El cambio de horario se transforma en sopor y el cuerpo acaba por
rendirse.
Despierto bajo el agua. ¡Dios mío! ¡Qué
está pasando? ¡No puedo respirar! Se arremolinan a mi alrededor mil objetos
golpeando mi cuerpo en su loca trayectoria. Saco la cabeza. Respiro. Me hundo
de nuevo arrastrado por la fuerza del agua. Lucho. Choco con algo. ¡Un árbol! Me
agarro fuerte y subo a la superficie. Respiro. Respiro. Respiro.
Me siento tan confundido. No sé
dónde estoy. A mi alrededor solo hay agua. Una ola inmensa que se traga todo a
su paso y se dirige tierra a dentro. Sigo conmocionado. Echo de menos a María.
—¡Maria!
—la llamo con las pocas energías que tengo. Estoy agotado. No recibo respuesta.
Veo pasar flotando muebles,
palmeras, animales, personas que gritan pidiendo ayuda y mil objetos que no
puedo reconocer, pero ni rastro de María. Trepo por el árbol. Desde arriba,
será más fácil localizarla. Primero una rama, después otra y así hasta colocarme
por encima del agua.
—¡Sangre!
Estoy herido y desconozco dónde. Me duele todo el cuerpo.
Limpio el barro que cubre mis
piernas con las manos. Entonces, lo veo. Un cristal clavado en mi pantorrilla
derecha. Apretando los dientes tiró con cuidado de él. ¡Madre mía, cómo duele! La
vida, cálida y fluida, se me derrama pierna abajo. Se me aflojan las manos y …
—¿Qué
ha pasado? He debido de perder el conocimiento. No sé cuánto tiempo.
La herida ha dejado de sangrar por sí
misma. ¡Menos mal! No puedo desfallecer ahora.
—¡María!
¡María! —grito de nuevo sin éxito. ¡Dios mío! ¿Qué pasa ahora? ¿Qué es ese rugido
que se oye?
Observo que es la gran ola que, ahora,
regresa a la orilla engullendo enfurecida todo lo que encuentra. Luego, el
silencio. Bajo del árbol aterrorizado. El mar puede enojarse y salirse de
nuevo. Apenas puedo andar. Encuentro muchos obstáculos. He de encontrar a María.
Si ha tenido la suerte de sobrevivir a esta catástrofe, estará muy asustada.
Se escuchan lamentos y gritos de
auxilio por todas partes. Niños que lloran tiritando de frío, pero María no
aparece.
Ayudo con mis manos todo lo que
puedo. He de llegar a un lugar seguro. Puede que María se haya dirigido también
hacia allí.
Han pasado los días. Me estoy
recuperando de las heridas externas. Las otras son mucho más profundas y
difíciles de curar sin María. Me han explicado que hemos sufrido un Tsunami. No
sabía lo que era eso hasta ahora. Jamás podré olvidar lo que he vivido. No
puedo volver a casa sin ella.
Al llegar, pensé que era el Paraíso,
pero solo era una puta pesadilla.
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