jueves, 14 de noviembre de 2019

PARAÍSO



Tras un vuelo agotador, llego al hotel con María, mi mujer. Es nuestra luna de miel.
—¡Madre mía! ¡No hace falta morir para llegar al Paraíso! —grito al abrir el balcón de la habitación y descubrir el espectacular amanecer que embellece el paisaje.
            A mis pies puedo ver una piscina preciosa rodeada de cómodas tumbonas, enormes palmeras frente a un horizonte de cielo y mar que acaricia la arena.
—¡María ven a ver esto! Ha valido la pena llegar hasta aquí solo por verlo.
—¡Ma-ra-vi-llo-so! —dice María al verlo.
Me coloco a su espalda y la abrazo por la cintura. Juntos contemplamos los colores del alba extasiados.
            Después, mientras ella se prepara para bajar a la playa, con mi conjunto playero puesto deshago las maletas. Hace un día espléndido para bañarse y tomar el sol.
            Me sumerjo sin esperar ni un segundo y disfruto tanto en sus aguas de cálidas arenas blancas que caigo rendido sobre la hamaca. El cambio de horario se transforma en sopor y el cuerpo acaba por rendirse.
            Despierto bajo el agua. ¡Dios mío! ¡Qué está pasando? ¡No puedo respirar! Se arremolinan a mi alrededor mil objetos golpeando mi cuerpo en su loca trayectoria. Saco la cabeza. Respiro. Me hundo de nuevo arrastrado por la fuerza del agua. Lucho. Choco con algo. ¡Un árbol! Me agarro fuerte y subo a la superficie. Respiro. Respiro. Respiro.
            Me siento tan confundido. No sé dónde estoy. A mi alrededor solo hay agua. Una ola inmensa que se traga todo a su paso y se dirige tierra a dentro. Sigo conmocionado. Echo de menos a María.
—¡Maria! —la llamo con las pocas energías que tengo. Estoy agotado. No recibo respuesta.
            Veo pasar flotando muebles, palmeras, animales, personas que gritan pidiendo ayuda y mil objetos que no puedo reconocer, pero ni rastro de María. Trepo por el árbol. Desde arriba, será más fácil localizarla. Primero una rama, después otra y así hasta colocarme por encima del agua.
—¡Sangre! Estoy herido y desconozco dónde. Me duele todo el cuerpo.
            Limpio el barro que cubre mis piernas con las manos. Entonces, lo veo. Un cristal clavado en mi pantorrilla derecha. Apretando los dientes tiró con cuidado de él. ¡Madre mía, cómo duele! La vida, cálida y fluida, se me derrama pierna abajo. Se me aflojan las manos y …
—¿Qué ha pasado? He debido de perder el conocimiento. No sé cuánto tiempo.
            La herida ha dejado de sangrar por sí misma. ¡Menos mal! No puedo desfallecer ahora.
—¡María! ¡María! —grito de nuevo sin éxito. ¡Dios mío! ¿Qué pasa ahora? ¿Qué es ese rugido que se oye?
            Observo que es la gran ola que, ahora, regresa a la orilla engullendo enfurecida todo lo que encuentra. Luego, el silencio. Bajo del árbol aterrorizado. El mar puede enojarse y salirse de nuevo. Apenas puedo andar. Encuentro muchos obstáculos. He de encontrar a María. Si ha tenido la suerte de sobrevivir a esta catástrofe, estará muy asustada.
            Se escuchan lamentos y gritos de auxilio por todas partes. Niños que lloran tiritando de frío, pero María no aparece.
            Ayudo con mis manos todo lo que puedo. He de llegar a un lugar seguro. Puede que María se haya dirigido también hacia allí.
            Han pasado los días. Me estoy recuperando de las heridas externas. Las otras son mucho más profundas y difíciles de curar sin María. Me han explicado que hemos sufrido un Tsunami. No sabía lo que era eso hasta ahora. Jamás podré olvidar lo que he vivido. No puedo volver a casa sin ella.
            Al llegar, pensé que era el Paraíso, pero solo era una puta pesadilla.       


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