Aquel amanecer
Frío. Frío que muerde mis entrañas como una mordaza que clava
sus dientes de hierro en mi carne. Oscuridad. Oscuridad ignota que todo lo
cubre y que acecha a su presa que, acorralada, presiente su final.
—
¡Hermano,
ya hemos esperado suficiente! Te repito que tenemos que salir de aquí como sea.
—
Escucha,
yo también tengo miedo, pero debemos tener paciencia. Hay que esperar al equipo
de rescate.
—
¡Pero
si ni siquiera saben que estamos aquí! ¡Y sigue sin haber cobertura!
—
Lo
sé, ¡pero si salimos nos congelaremos!
—
Hay
un poblado a dos kilómetros hacia el norte, ¿de verdad quieres seguir esperando?
¿Cuánto tiempo más podremos aguantar?
—
Está
bien, dame un minuto. Necesito pensar…
—
¡Llevas
pensando desde anoche! Tenemos que aprovechar las pocas horas de luz que quedan.
¡No podemos aguantar una noche más así!
—
¡Te
subestimas! ¿Que el frío te impide recordar? — dijo mi hermano
con su inconfundible sonrisa.
—
¡Déjate
de rollos! No estoy de humor para nuestras batallitas de niños.
—
Está
bien, como quieras — dijo quedamente encogiéndose de
hombros.
—
¡Me
voy! ¡No aguanto ni un minuto más! Allá tú si te quieres convertir en un Calipo.
—
¡Por
favor! ¡Escúchame…!
“Portazo”.
El soplo del septentrión me devuelve
a la vida. Oigo los gritos de mi hermano amortiguados por la carrocería, que
pugnan por penetrar la coraza de mi razón. Pero ya no le escucho. Tan solo quiero
alejarme, escapar, tal vez huir. Un paso tras otro me separan de aquella
desolada carretera, y me arrojan a la soledad y al yermo. Tan solo avanzo. Las
piernas me llevan allende el horizonte, mientras mis suspiros forman volutas
ante mí. Los breves silencios son interrumpidos por el rugir del viento, oigo
cataratas en mis oídos.
Se me hace imposible caminar. Este
vendaval sonoro aguijonea mi cuerpo y anestesia mi mente. Tiene que ser por aquí.
No te pares. No puede quedar mucho. Este maldito frío está de caza. Yo soy su
presa. Una manada de lobos de escarcha trata de derribarme, mordisco a
mordisco. Amordazado por una de sus fauces, caigo.
Me arrastro hacia lo que parece un
lugar despejado, a lo lejos. Ante mí se alza una tormenta. No te detengas,
aunque queme. Aunque duela. Este dolor me hace sentir que aún vivo. Mi corazón
martillea el yunque de mi pecho. No veo nada. Caigo de nuevo. Ruedo. Un golpe seco. Crujir de
hielo. Agua. Miedo. Frío, que me lame con mil lenguas de fuego. Vuelo, en esta
terrible oscuridad que anhelo. Estoy solo. Sueño. Sé que este será mi último aliento.
Me veo de niño, acurrucado en una
acequia de la que no puedo escapar. Siento el vacío de ese niño que un día fui mientras todo fluye
alrededor. Y recuerdo aquel amanecer que trajo consigo a mi hermano, que me
salvó.
Echo de menos su sonrisa. Pero ya no
importa. Ya nada importa. Estoy en paz, preparado para partir. Mas siento un anhelo
insoportable. Lucho por salir. Me abandono para siempre.
Siento que me agarran con fuerza y me
llevan en brazos.
Siento la luz que rutila entre mis párpados.
Y veo el amor que brota de sus
labios.
Javier Martínez Hernández 14/11/2019
No hay comentarios:
Publicar un comentario