jueves, 14 de noviembre de 2019

Aquel amanecer


Aquel amanecer
Frío. Frío que muerde mis entrañas como una mordaza que clava sus dientes de hierro en mi carne. Oscuridad. Oscuridad ignota que todo lo cubre y que acecha a su presa que, acorralada, presiente su final.
   ­¡Hermano, ya hemos esperado suficiente! Te repito que tenemos que salir de aquí como sea.
   Escucha, yo también tengo miedo, pero debemos tener paciencia. Hay que esperar al equipo de rescate.
   ¡Pero si ni siquiera saben que estamos aquí! ¡Y sigue sin haber cobertura!
   Lo sé, ¡pero si salimos nos congelaremos!
   Hay un poblado a dos kilómetros hacia el norte, ¿de verdad quieres seguir esperando? ¿Cuánto tiempo más podremos aguantar?
   Está bien, dame un minuto. Necesito pensar…
   ¡Llevas pensando desde anoche! Tenemos que aprovechar las pocas horas de luz que quedan. ¡No podemos aguantar una noche más así!
   ¡Te subestimas! ¿Que el frío te impide recordar? dijo mi hermano con su inconfundible sonrisa.
   ¡Déjate de rollos! No estoy de humor para nuestras batallitas de niños.
   Está bien, como quieras dijo quedamente encogiéndose de hombros.
   ¡Me voy! ¡No aguanto ni un minuto más! Allá tú si te quieres convertir en un Calipo.
   ¡Por favor! ¡Escúchame…!
“Portazo”.
El soplo del septentrión me devuelve a la vida. Oigo los gritos de mi hermano amortiguados por la carrocería, que pugnan por penetrar la coraza de mi razón. Pero ya no le escucho. Tan solo quiero alejarme, escapar, tal vez huir. Un paso tras otro me separan de aquella desolada carretera, y me arrojan a la soledad y al yermo. Tan solo avanzo. Las piernas me llevan allende el horizonte, mientras mis suspiros forman volutas ante mí. Los breves silencios son interrumpidos por el rugir del viento, oigo cataratas en mis oídos.
Se me hace imposible caminar. Este vendaval sonoro aguijonea mi cuerpo y anestesia mi mente. Tiene que ser por aquí. No te pares. No puede quedar mucho. Este maldito frío está de caza. Yo soy su presa. Una manada de lobos de escarcha trata de derribarme, mordisco a mordisco. Amordazado por una de sus fauces, caigo.
Me arrastro hacia lo que parece un lugar despejado, a lo lejos. Ante mí se alza una tormenta. No te detengas, aunque queme. Aunque duela. Este dolor me hace sentir que aún vivo. Mi corazón martillea el yunque de mi pecho. No veo nada.  Caigo de nuevo. Ruedo. Un golpe seco. Crujir de hielo. Agua. Miedo. Frío, que me lame con mil lenguas de fuego. Vuelo, en esta terrible oscuridad que anhelo. Estoy solo. Sueño. Sé que este será mi último aliento.
Me veo de niño, acurrucado en una acequia de la que no puedo escapar. Siento el vacío de ese niño que un día fui mientras todo fluye alrededor. Y recuerdo aquel amanecer que trajo consigo a mi hermano, que me salvó.
Echo de menos su sonrisa. Pero ya no importa. Ya nada importa. Estoy en paz, preparado para partir. Mas siento un anhelo insoportable. Lucho por salir. Me abandono para siempre.

Siento que me agarran con fuerza y me llevan en brazos.
Siento la luz que rutila entre mis párpados.
Y veo el amor que brota de sus labios.

Javier Martínez Hernández   14/11/2019

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Textos para lectura previa de cara a la última clase

TRANSIRAK MR.PERFUMME ¿Quién podría amar a una medio máquina? ¿Quién sería capaz de bucear bajo su gruesa capa de metal? ...