jueves, 14 de noviembre de 2019


Lecciones de Compostela



Desde el primer momento me arrepentí de este viaje pero nunca pensé que llegaría a decir que preferiría estar estudiando que sobreviviendo a las vacaciones que más me habían costado planear en toda mi vida.
Aunque no lo creáis, el camino de Santiago no es tan sencillo como parece.
Después de pasarme horas interminables reservando los mejores hostales, mirando los mejores trenes y buscando los mejores lugares resultó que de 25 miembros de la clase de la carrera, al final solo dos nos acabamos yendo. Y menudos dos resultamos ser.

Yo; que en mi vida había sabido coger un mapa, y Carmen; persona con la que había hablado dos veces pero que tuvo la misma inteligencia que yo al incluirse al viaje sin mirar ni esperar a que más gente se apuntara. Aún así, tengo que admitir que la chica tenía una voz encantadora de la que no me cansaría en todo el trayecto y además había ido a ciertos cursos de orientación.

Después de recorrer los primeros días traspasando caminos que parecían sacados de la saga del señor de los anillos, me di cuenta que aunque empecé la experiencia con cierta incertidumbre por no saber nada de la persona con la que compartiría esta aventura, en muy poco tiempo le cogí cariño, no sé si por su voz, sus ideas o sus maneras que tenía de ayudarme, la verdad que siempre he sido un desastre pero tengo que admitir que en este viaje estaba superando cualquier límite.
Tras olvidarme la mochila, habernos perdido cinco veces por mi culpa y defecar accidentalmente al lado de la tumba de Santiago de Compostela, la chica siguió siendo igual de receptiva y agradable que en su primer momento, lo que dijo mucho de su persona.

En verdad, hasta podría haber sido un buen viaje sino fuera por el último día.
Al caminar, o mejor dicho arrastrarme durante los últimos cuatro kilómetros resultó que al principio del segundo empezó a llover de una forma que no había visto ni en la tele. Empezó gota a gota y, de repente, dejó de verse el sol, luego el cielo y finalmente Carmen, la cual perdí ya que momentos antes se había alejado para hacer sus necesidades.
Resultaban ser las once de la noche y me había quedado solo, sin móvil porque se me había mojado la batería y sin cantimplora porque mi mochila la compartía con ella.
Prácticamente solo, prácticamente solo sin nada.
Sin mapa, ni abrigo, ni walkie, ni fuego, ni chubasquero, ni brújula, ni ayuda, ni luz.
 Prácticamente solo, prácticamente solo sin nada.

Me estresé y andé, andé y andé y corrí y tropecé y me caí y seguí andando luego andé y seguí arrastrándome, si total más mojado y manchado no podía estar, la lluvia seguía cayendo, salpicando y rugiendo así que me mojé un poco más y después de caminar, hablar solo, gritar esperando no estar solo, pensar en Carmen, rezar por Carmen y chillar por Carmen  para encontrarla; el camino me enseñó una lección que todavía recuerdo a día de hoy.

Luego de andar por otras dos horas y a punto de dejar atrás esa insufrible senda para llegar al pueblo más cercano, escuché una voz dulce que me dijo "buen camino".
En ese momento dejé de sentirme solo y me di cuenta del miedo que había pasado, no por la lluvia, no por la noche, no por los ruidos.
Solo por mi.
El miedo no era sentirme solo por no tener nada, ya que tener nada nunca había significado ningún inconveniente. El verdadero problema  fue sentirme solo.
Prácticamente solo sin nadie. Prácticamente solo conmigo.

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