Entreabro los ojos como puedo y lo veo todo borroso. Tengo la mente aturdida, pero consigo
vislumbrar lo que parecen restos fangosos. Mierda, el tsunami. No sé cuánto
llevaré inconsciente, pero este maldito dolor de cabeza me hace desear volver a
estarlo. Todo está tan revuelto dentro y fuera de mí que tardo en darme cuenta
de que estoy atrapado. Deprisa, comienzo a sentir un ardor en el pecho que no
tarda en propagarse por el resto del cuerpo a la vez que mi respiración se va
acelerando, lo que hace que me maree todavía más. Trato de gritar, suplicar
ayuda, pero no hay respuesta, parece que estoy solo. A cada minuto me voy
sintiendo más aletargado, creo que sigo pidiendo ayuda, pero ni yo mismo
escucho ya mis quejidos.
Harto de luchar, hago
por calmarme evocando mi último recuerdo con ella, la noche que pasó todo; una
noche aparentemente como las demás, pero era diferente, iba a pedirle que se
casara conmigo. Estaba preciosa, como si supiese lo que pretendía. Se había maquillado
y llevaba suelto su largo pelo color azabache, cosa que nunca acostumbraba a
hacer. Yo estaba nervioso, pero al verla entrar al salón mi mundo entró en
calma. Seguíamos a varios pasos de distancia cuando todo comenzó a temblar. El
viento aporreó las ventanas con dureza y le siguió un estallido súbito al
romperse los cristales. No tuvimos tiempo de reaccionar, el agua nos sacudió
casi al instante y nos separó inexorablemente. Después de eso, sólo hubo golpes.
Me estaba ahogando y todo lo que alguna vez podía haber considerado mío,
flotaba revoltosamente a mi alrededor propinándome una buena paliza.
No ha sido buena idea,
ahora no puedo dejar de pensar en cómo ella de repente ya no estaba, ya no estábamos.
No deja de azotarme el crujido de los cristales; la última vez que la miré
tratando de alcanzarla; sus ojos, llenos de pánico; cómo todo se volvió caótico
sin quererlo.
Han pasado varias horas, o
incluso días, no lo sé, estoy demasiado débil siquiera para pensar, y por fin
advierto helicópteros de rescate. Por primera vez en todo este desastre, tengo algo
de esperanza en que volveremos a vernos. Aunque cada vez me cuesta más mantener
los ojos abiertos, fantaseo con la idea de que nos encontrarán y podré
abrazarla de nuevo, hasta que mi mente se nubla imaginando y me quedo dormido.
A penas me despierto notando que algo juguetea con el bolsillo medio roto de mi camisa para alcanzar un anillo que inexplicablemente seguía ahí, el anillo que pensaba entregarle aquella noche. El pequeño invasor era un avecilla negra que se había obsesionado con el brillo del diamante. No podía moverme ni gritar para ahuyentarla y ella no cesó en su empeño por alcanzarlo. Cuando al fin consiguió robármelo se alejó volando, llevándose lo único que me quedaba de ella, junto con mi último esfuerzo por respirar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario