Cuando mi madre, acompañada
por el abuelo, llegó a la consulta privada del doctor, este se afanaba en tirar
a la calle a sus pacientes. No valía de nada que todos ellos estuviesen al
corriente en el pago de la iguala, se enfrentaban a una situación
excepcional y su puesto estaba en el ayuntamiento.
— Tot lo mon a casa, han
pegat un colp d´estat i la cosa está ben fotuda —animaba con premura a viejos, mujeres y niños, visiblemente nervioso.
—No corra tanto don
Alfredo, parece que la xiqueta se ha puesto de parto y necesito que la
reconozca, no tengamos alguna desgracia.
—No me toques los cojones,
Pepe, ¿tú sabes cómo está la cosa?, me están esperando en el ayuntamiento,
habrá que organizarse.
—Mira, Alfredo —añadió con
seriedad mi abuelo—, en estos momentos me la trae floja si dan un golpe de
estado o resucita el dictador, tú primero atiendes a mi hija y después haz lo
que te salga de los cojones, ir al ayuntamiento o tirarte al monte, eso es cosa
tuya, pero lo primero es ella, ¿estamos?
Resignado y temeroso de que
al abuelo se le fuese la mano, tomó asiento tras la mesa, extrajo un Ducados
del paquete alojado en el bolsillo de la bata y, después de vaciar el cenicero,
maloliente y repleto de colillas, se dirigió a mi madre.
—Blanca, a la camilla.
Súbete la falda y quítate las bragas, a ver cómo va eso.
El abuelo miró de soslayo
al médico con cara de pocos amigos —el doctor tenía fama de quitarle la ropa a
sus pacientes femeninas, aunque su única dolencia fuese un dolor de muelas—.
Poco tardó en reconocerla, en esta ocasión no se entretuvo en dudosas
maniobras. Tras atender al teléfono, se quitó la bata con prisas y aconsejó al
abuelo para que llevase a su hija al hospital si ello era posible. Al parecer,
según le habían dicho, una columna de blindados entraba por la avenida del Cid
camino del centro de la ciudad.
—Gracias Alfredo, ni toda
la división acorazada Maestrazgo va a impedir llevar a mi hija a la maternidad,
no creo que tengan agallas para impedir el paso a una mujer embarazada camino
del hospital para dar a luz, por muy fachas que sean.
—Cuidado, Pepe, son fachas
y brutos.
En una Valencia de calles vacías, escasas luces en las
ventanas, ocupada por blindados, de novios sin novias, familias enteras pegadas
a la radio y como toda cobertura legal el bando militar del teniente general
Jaime Milán del Bosch, vi la luz en uno de los paritorios del hospital
Provincial. El fruto del pecado, que fui yo, abandonó el seno materno a falta
de tres minutos para finalizar el fatídico día del intento de golpe de Estado.
Me pusieron Cruz, un nombre asexuado que igual sirve para hombre o mujer, quizás
porque así me veían, como la cruz que portaría mi familia, la rémora de Blanca,
una de las primeras madres declaradamente solteras de aquel Alaquàs de
principios de los ochenta, que comenzó a respirar, pasada la una y media de la
madrugada, cuando el Borbón, acicalado con el uniforme de capitán general de
todos los ejércitos, envió a los españoles a la cama. Mi abuelo no pegó ojo, no
escuchó la radio, se limitó a pasear por la habitación, entre mi madre y yo,
hasta que el sol venció la noche más larga de la recién estrenada democracia
española.
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