EL NIÑO BIEN VESTIDO
El
niño bien vestido de la clase se reía siempre de mí cuando entraba
en el aula. Le hacía gracia mi camiseta un tanto raída y mis pelos
rebeldes, amén de mis gafas de cristal grueso que intentaban
combatir la miopía precoz que me había invadido desde bien
pequeñito. El niño bien vestido de la clase sacaba unas notas entre
malas y muy malas, pero eso no le motivaba a mejorarlas, ni a dejar
de mofarse de mí y hostigarme. Yo entonces no lo sabía, pero con la
perspectiva del tiempo ahora sé que aquello era un caso claro de
acoso escolar. Por suerte, pude sobreponerme con la ayuda de mis
otros compañeros, que me defendían siempre que podían. También me
ayudó centrarme en el estudio. Realmente fui un alumno brillante, a
pesar del gran obstáculo que encontré en este niño bien vestido.
Han
pasado treinta años y actualmente soy profesor de sociología. El
otro día, al acabar de dar una charla en un centro penitenciario a
presos que llevaban más de diez años encarcelados, se me acercó
uno de ellos y, después de pedirme perdón, me abrazó. Por alguna
razón sentí una enorme sinceridad y arrepentimiento en el contacto
de su cuerpo, y por ello no se me pasó por la cabeza echarme hacia
atrás y librarme de él, sino todo lo contrario: lo abracé. El acto
duró unos cuantos segundos, hasta que vinieron dos guardias y se lo
llevaron. Mientras se alejaba pude reconocerlo. Me costó un poco,
porque su ropa no tenía nada que ver con aquella pulcra y cuidada
que solía llevar en clase. Su mirada sencilla y bondadosa era muy
distinta también a la chulesca que me brindaba siempre que me
humillaba hacía treinta años. El niño bien vestido de clase era
otra persona muy diferente a aquel preso que me acababa de abrazar,
por suerte o por desgracia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario