miércoles, 11 de marzo de 2020

EL NIÑO BIEN VESTIDO

EL NIÑO BIEN VESTIDO



El niño bien vestido de la clase se reía siempre de mí cuando entraba en el aula. Le hacía gracia mi camiseta un tanto raída y mis pelos rebeldes, amén de mis gafas de cristal grueso que intentaban combatir la miopía precoz que me había invadido desde bien pequeñito. El niño bien vestido de la clase sacaba unas notas entre malas y muy malas, pero eso no le motivaba a mejorarlas, ni a dejar de mofarse de mí y hostigarme. Yo entonces no lo sabía, pero con la perspectiva del tiempo ahora sé que aquello era un caso claro de acoso escolar. Por suerte, pude sobreponerme con la ayuda de mis otros compañeros, que me defendían siempre que podían. También me ayudó centrarme en el estudio. Realmente fui un alumno brillante, a pesar del gran obstáculo que encontré en este niño bien vestido.
Han pasado treinta años y actualmente soy profesor de sociología. El otro día, al acabar de dar una charla en un centro penitenciario a presos que llevaban más de diez años encarcelados, se me acercó uno de ellos y, después de pedirme perdón, me abrazó. Por alguna razón sentí una enorme sinceridad y arrepentimiento en el contacto de su cuerpo, y por ello no se me pasó por la cabeza echarme hacia atrás y librarme de él, sino todo lo contrario: lo abracé. El acto duró unos cuantos segundos, hasta que vinieron dos guardias y se lo llevaron. Mientras se alejaba pude reconocerlo. Me costó un poco, porque su ropa no tenía nada que ver con aquella pulcra y cuidada que solía llevar en clase. Su mirada sencilla y bondadosa era muy distinta también a la chulesca que me brindaba siempre que me humillaba hacía treinta años. El niño bien vestido de clase era otra persona muy diferente a aquel preso que me acababa de abrazar, por suerte o por desgracia.

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