Cuando
terminó la cuarentena, me dio miedo salir a la calle sin mascarilla. Había perdido
la noción del tiempo y hacía mucho que me había acostumbrado a vivir sola entre
cuatro paredes. Me encontraba entre los grupos de riesgo y los médicos me recomendaron
no tener contacto con nadie y guardar la distancia social si me veía obligada a
circular por la calle. Mi familia se encargaba de comprarme lo que necesitaba,
que era muy poco. Solo lo esencial. Aunque yo no lo sabía, mis ansias de
libertad eran mayores que mis miedos y me empujaron hacia la puerta principal. Cogí
un paraguas de bastón, con la punta muy afilada. Preferí ir armada, por si acaso.
Menos mal que lo llevaba. Con él me fui
abriendo paso entre las tupidas telarañas que lo invadían todo. Tras aquellos hilos
viscosos, se ocultaban las paredes, las escaleras, la ventana que daba al patio
de luces y la puerta del ascensor. Su tacto me producía repelús cuando me
rozaban la cara y sentía un agobio inmenso al no poder ver donde pisaba. Pegué
la espalda a la pared. Algo me decía que no andarían muy lejos las que habían
tejido aquellas telarañas. Solían ser pacientes y silenciosas. Si no me apresuraba
a salir de allí, corría el riesgo de ser una de sus presas. Avancé con cuidado,
a tientas, guiándome por la pared y permaneciendo alerta ante el mínimo ruido. Logré
alcanzar la puerta del ascensor. Pulsé el botón de llamada y se iluminó.
Desconocía en qué estado estaría la maquinaria y si sería muy sensato utilizarlo.
En los incendios es lo primero que te dicen que no se use, pero no me atrevía a
bajar las escaleras. Al menos, había arrancado a la primera y se había encendido
la flecha de subida. Según se iba acercando al octavo piso, me temblaban más
las piernas y las manos. ¿Qué me encontraría dentro? Podía estar lleno de gigantescas
arañas peludas. Tenía la espalda empapada. El sudor se deslizaba por mi frente y
amenazaba con anegar mis ojos. Detuve su avance al borde de mis cejas con la
manga izquierda del jersey. La derecha la tenía ocupada por el paraguas, que
apuntaba hacia el ascensor. Se abrieron las puertas de repente. Su interior
parecía vacío, aunque no estaba muy segura. Solo había sobrevivido una de las luces
del techo y estaba medio en penumbra.
Una vez dentro, pulsé el botón de
bajada. Estaba tan asustada que contuve la respiración mientras duró el trayecto.
Cuando se abrieron las puertas de manera automática en la planta baja de mi
edificio, me quedé boquiabierta. Una extraña vegetación se había adueñado del edificio.
Golpeé las ramas y las hojas con la punta metálica del paraguas, antes de poner
un pie fuera del ascensor. No hubo ninguna reacción. Tampoco vi insectos ni a
ningún otro bicho. Aquello me animó a pisar con firmeza sobre el ramaje. Necesitaba
llegar hasta la puerta de la calle. Un muro de yedra la cubría por completo. Arranqué
todas las ramas que impedían su apertura. Poco a poco, entre mis dedos empezaron
a filtrarse pequeños rayos del sol.
—¡Dios
mío! ¡Qué ganas tenía de sentir su calor sobre mi piel! —pensé al notar su calidez.
A través del cristal, comprobé que
hacía un día precioso, soleado y claro, pero ya nada era igual que antes. No
sabía muy bien porqué. Tomé aire y agarré con una mano la manivela de la puerta
y con la otra mantuve el paraguas en alto. No sabía que me esperaba al otro
lado.
Asomé la cabeza y un soplo de brisa
cálida golpeó mi rostro. La calle permanecía silenciosa y vacía, a pesar de que
ya se podía volver a la normalidad. No me esperaba tanto silencio. La gente permanecía
encerrada en su vivienda sin atreverse a salir. De repente, unos gruñidos, que
no supe identificar, se acercaban por la calle que desembocaba en la estación
del metro. Me puse en guardia. ¡No me lo podía creer! Aparecieron por la
esquina una manada de perros salvajes. Por como me ignoraron, debían de estar
cansados y muy hartos de los humanos. En algún momento debieron de tener dueño.
Les delataba el collar que llevaban al cuello. Debían de haber huido de sus hogares
exhaustos por ser utilizados como salvoconducto para salir sus amos de casa. Pasaron
por delante de mí con la mirada orgullosa de quien se siente libre.
Observé que la calle estaba cubierta
de excrementos de otras especies. La ausencia de humanos y de vehículos había envalentonado
a los animales, que habían recuperado el hábitat que durante siglos les había
sido arrebatado. El latido de la ciudad ahora era mucho más salvaje, más humano.
Pilar
Alejos,
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