jueves, 9 de abril de 2020

Adaptación


La primera sensación fue como la de un uppercut directo a la garganta aun cuando ya había sonado el pitido final, ese sentimiento de saber que te van a destrozar incluso después de darte cuenta que ya no queda nada por lo que luchar, la verdad que las siguiente noticias no iban a ser mejores.
-Hugo, tienes que alegrarte de haber sobrevivido hijo, llevabas quince años en coma sometido a respiración asistida y hemos tenido que mover cielo y marea para que no te dieran por perdido y poder conservarte con vida. Los médicos han dicho que ha sido un milagro.
Me dolía todo el cuerpo, ahora más que nunca, en vez de sentirme como la mariposa que sale a volar después de estar años encerrada en su capullo, sentía que a este insignificante ser le habían fumigado con las peores sustancias químicas y notaba que el mero hecho de respirar conseguía llevarse toda la poca energía que me quedaba.
-Mamá, ¿dónde está mi padre? ¿por qué seguimos llevando mascarillas? ¿Es que estamos en una zona infecciosa del hospital?  
-Hijo, desde que te quedaste en coma a mitad del primer brote de la pandemia, el mundo ha cambiado mucho desde entonces, tú céntrate en descansar que todavía te queda mucho que asimilar.
Se supone que debería estar feliz de seguir con vida, lo último que recuerdo es que el Covid ya se había llevado a un millón de personas al otro mundo y, una misma semana después, me tocó a mi entrar en la UCI como si fuera un hotel de larga estancia, tan larga que ya no reconozco ni lo que veo por mi ventana.
Mi madre está a 3 metros de mí, durmiendo en un silla al lado con una mascarilla que parece de las caras pero, lo más raro de todo, es que no veo a casi nadie por la calle, esto no tiene sentido, ¿cuántos rebrotes ha habido desde la primera oleada? Claramente en estas condiciones me va a ser imposible conciliar el sueño.
-Hugo, despierta, nos han dicho que te dan el alta, además necesitan tu cama para gente que está en peores condiciones que las tuyas. No te quites la mascarilla.
Yo no entiendo nada, pero me meto con ella en una especie de bus que va con el mismo ánimo que Lorca al enterarse de la guerra civil. Lo que más me impacta de todo es que no tenemos ventanas. Mi madre y yo somos las únicas personas que viajamos acompañados y el resto de los pasajeros no se digna ni a mirarnos a la cara. Desde que he vuelto a ser consciente, las preguntas se multiplican a un ritmo exponencial, pero ¿de verdad quiero saber la respuesta?
-Hola buenas, querríamos dos tickets para…
-Hugo PARA.
Todos los pasajeros se nos quedan mirando, mi madre pega su móvil a un sensor y nos ponemos en los sitios más alejados del bus.
-Te voy a pasar por WhatsApp el pin de tu habitación Hugo, vas a empezar a vivir solo, ahora está prohibido compartir alojamiento a no ser que tu hijo sea mayor de edad y tú ya tienes diecinueve años.
-Mamá, ¿qué coño estás diciendo? ¿Cómo quieres que viva solo si todavía no sé hacer ni las pizzas del microondas?
-Hugo CÁLLATE, ¿no ves que somos las dos únicas personas que estamos hablando? Esta es tu parada, bájate y ya te explicaré todo por videollamada.
-Jolín, pero ¿qué se supone que tengo que hacer? ¿Cómo quieres que me adapte a esta situación de mierda?
-Hugo cállate y baja.
-Mamá espero verte pronto, te quiero.
-Adiós Hugo.
¿Ni una lágrima? ¿En serio mamá? Después de que siempre eras tú la que me pedías que te diera un beso antes de dormir, tú me enseñaste a decir cosas bonitas y ahora, después de haber estado cinco años en coma, me mirabas con la misma frialdad que una mantis hembra justo antes de comerse a su pareja, nunca pensé que el mundo cambiaría tanto.
Conforme me bajo del bus empiezo a llorar y no me consuela sentir que el aire de la calle sigue teniendo el mismo sabor que el aire de mi planta del hospital. El día que probéis la tela esterilizada entenderéis a lo que me refiero. Me dirijo a la dirección que pone en el WhatsApp de mi madre, no hay portero, ni vecinos amables. Es como si la humanidad hubiera decidido abandonarnos para no volver.
Justo antes de abrir la puerta recibo otro mensaje de mi madre.

Hugo, lo siento si he sido muy fría contigo, pero tienes que entender que ahora somos mucho más distintos que hace cinco años.
Después de que el Covid19 nos abandonará, tres semanas más tarde llegaron más virus con orígenes desconocidos, la sociedad había retrocedido y ya nadie leía, ni estudiaba, ni proponía buscar soluciones para mejorar nuestra economía. Era como si todos reconociéramos que habíamos perdido la lucha.
El único dinero que se movía era para nuevas cuentas de Disney+ y Netflix. Debido a nuestra vaguería, el mundo cayó en una crisis mundial y los científicos e investigadores no tenían el equipo suficiente para hacer frente a las nuevas bacterias, aun así, hicieron todo lo que pudieron, pero, debido a los plásmidos característicos de las bacterias que les otorgan la adaptación a nuevos antibióticos, hubo un momento en que se quedaron sin la tecnología suficiente y el mundo tuvo que pensar otra manera de luchar.
Primero todo empezó siendo como el confinamiento normal que habíamos llevado viviendo durante los últimos meses, pero, debido a que ciertos virus eran mucho más letales e infecciosos que el Covid19 y sus variantes, el miedo se apoderó del mundo y la gente se hizo a la idea de que nunca saldrían de sus casas.
Finalmente la OMS pidió a todos los países que se penalizase el contacto entre personas.
Se prohibieron los besos, abrazos, caricias y cualquier acto que se realizara a distancia cercana. Después se vetaron las relaciones y finalmente el amor. Ahora, si quieres tener un hijo, tienes que enviar tus espermatozoides a una compañía y a cambio de cierto dinero te lo otorgarán pero eso sí, ni se te ocurra acercarte a él ni lo más mínimo, tampoco le puedes querer.
Han pasado muchas más cosas de las que quiero que seas consciente, pero te las haré saber más tarde porque sé que esto debe ser duro. Por cierto, te he dejado un regalito encima de tu mesa, que sepas que me ha costado una fortuna.

Entro a mi nueva casa y encima de la mesa me encuentro un tarro de cristal con una etiqueta que pone:
Aire de 2019, (consumir con la mascarilla puesta).
En ese mismo momento, rompo el tarro, me quito la mascarilla, cojo el secador de pelo y me empiezo a preparar un baño.




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