jueves, 9 de abril de 2020

LA VACUNA

LA VACUNA

En la pequeña aldea ya no quedaba nadie.
Recesvinto con noventa y siete años se seguía levantando a las cinco de la mañana. Bebía su tazón de leche, cogía la pala y montado en Sancho, un viejo burro que rebuznaba de alegría apenas sentir sobre su grupa la ligereza de los huesos de su amo, recorrían las calles de las aldeas vecinas en busca de nuevos cuerpos.  Normalmente se guiaba por el olfato, aunque no era inusual encontrar algún cadáver reciente sobre el empredrado húmedo de la calle. Agudizaba el oído por si aún quedaba algún chiquillo escondido y famélico entre las arruinadas casas. Había recogido unos cuarenta. Todavía recordaba sus nombres y sus caras. Pero hacía ya unos veinte años que no aparecía ninguno.
Por caridad cristiana enterraba a los difuntos en los camposantos junto a las Iglesias.
- A falta de curas y responsos, siempre estarán más cerca de Dios, pensaba mientras vaciaba un poco de cal sobre los despojos más recientes. Ya no recordaba a cuántos había enterrado. 
En casa le esperaba Ermelinda. A los ciento veinte años aún conservaba fuerzas suficientes para llevar el hogar y ocuparse de él. Recesvinto siempre había sido su niño mimado y el único que se mantuvo a su lado cuando enviudó. Sus otros doce hijos habían ido marchado a la ciudad y nunca había vuelto a tener noticias de ellos. A los niños recogidos se los llevaron ya hace años en un pequeño autobús unos hombres enmascarados y vestidos de blanco, para hacerles no sé que pruebas. A ellos les dijeron que no era necesario.
La vida, aún sin demasiadas comodidades, no era especialmente dura para ellos. Era simplemente su vida. No tenían televisión, no tenían teléfono, ni siquiera sabían que era internet. Se bastaban ellos dos solos. Su quehacer diario, sin horarios, discurría entre huertos, ollas y corrales. Y sus descansos lo eran de silencio frente al fuego en invierno o mirando las estrellas en dos sillas apoyadas en la pared en las noches de verano. Su auténtico regalo ese queso fresco o curado, esa cuajada con dos cucharadas de miel y esa leche de una vaca casi tan vieja como ellos.

Probablemente eran de los últimos habitantes de la comarca después de aquel extraño mal que había ido apagando las chimeneas en los caseríos vecinos. Quizás porque como le recordaba constantemente Ermelinda, la salud no viene de fuera, viene de dentro.

- Queso sin lactosa, leche desnatada, yogurt cero, mantequilla ligth, bebida de soja, porquerías. Tú hijo tómate un buen vaso de leche por la mañana y echa a andar….

Los dos eran realmente afortunados porque tenían a Recia, su vaca. Su vacuna.
Sin eso “Reces”, como le llamaba cariñosamente su madre, no es extraño que los de la ciudad no aguanten un constipado.


**********************

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Textos para lectura previa de cara a la última clase

TRANSIRAK MR.PERFUMME ¿Quién podría amar a una medio máquina? ¿Quién sería capaz de bucear bajo su gruesa capa de metal? ...