Un optimista es un pesimista mal informado. Dicho esto, me
doy cuenta de que nada va a cambiar tras este confinamiento que estamos viviendo.
Es como cuando sales de vacaciones con tu coche y pasas ante un accidente
en la carretera. Un cuerpo está cubierto con un plástico negro. Durante los
siguientes veinte kilómetros circulas con extrema precaución. Pasada la hora
simplemente cumples con las normas de circulación. Al día siguiente ya se te ha
olvidado aquel plástico negro y posiblemente cojas el coche tras beber una o
dos cervezas.
Así es la huella que todo esto va a dejar en nosotros. Porque
los héroes que el ser humano ha pretendido emular toda su vida han tenido dinero, belleza o
éxito. O las tres. Piénsalo. Nadie quiere ser Ghandi. Sí, platónicamente,
quizá. Pero al final tendemos a irnos hacia el lado contrario. Ahora, en estos
días de introspección, pensamos que otro mundo es posible. Realmente la familia
es lo importante, decimos, ellos nunca te fallarán. Los amigos. Conocer al
vecino. Los pequeños placeres. El día a día. Salir a pasear. Un abrazo.
Reconocemos nuestros pecados en alto y los confesamos sin
pudor porque todos estamos cortados por el mismo patrón: dinero, belleza o
éxito. Nos identificamos unos a otros. Ahora me doy cuenta de lo importante que
es la salud, dice uno. Sí, ahora te das cuenta y, posiblemente, también la
última vez que estuviste en un hospital, pero eso no te va a detener a
perseguir aquello para lo que te han programado. No hablo de la educación
recibida, que también, hablo de los genes que llevamos dentro. Genes que llevan
escuchando durante miles de años de evolución la misma melodía: No fracases,
haz dinero. No fracases, sé atractivo. No fracases, ten éxito. Hemos crecido
con la convicción de que al menos necesitamos una de estas tres variables, si no
las tres, o por el contrario tendremos una vida frustrada. Nos sabemos la
teoría a la perfección y la recitamos como un mantra, pero nunca seremos
capaces de disfrutarla, aunque queramos, porque estamos hechos de otra pasta. De
ahí, nuestra constante infelicidad.
Entonces, ¿todo este confinamiento nos hará peores personas?
Incorrecto. ¿Mejores personas? Incorrecto. Todo va a seguir exactamente igual.
Y para colmo, somos tan arrogantes que pensamos que
estábamos destruyendo el planeta. Ahora que todos los habitantes de la Tierra
estamos metidos en nuestras casas y las calles permanecen desiertas, vemos que
la polución se está despejando. Los cielos están
claros. Los animales salen. El agua de los canales de Venecia se ha vuelto
prácticamente cristalina.
La Tierra nos está diciendo: “Eh, ¿te has fijado? Me he recuperado en unos pocos días de
gran parte del daño que me habías causado. ¿Y aún piensas que puedes salvar el planeta? Ni si quiera sabes cuidar de ti mismo, no
sabes cuidar del prójimo, ¿y piensas que puedes cuidar de mí; un planeta? Llevo
aquí desde hace más de 4.500 millones de años. Vosotros lleváis conmigo unos 200.00
años, y el comienzo de vuestra industria lleva en marcha poco más de 200 años.
¿200 años frente a 4.500 millones y os creéis una amenaza? Para empezar, soy
una gran bola azul flotando en mitad del universo, cuando yo diga esto se
acaba. He sufrido terremotos, volcanes, movimientos de placas tectónicas, derivas
continentales, erupciones solares, tormentas magnéticas, inversión magnética de los polos,
cientos de miles de años siendo bombardeada por cometas, asteroides y
meteoritos; inundaciones mundiales, maremotos, incendios de millones de
hectáreas, erosiones, rayos cósmicos, eras de hielo periódicas, ¿y piensas que
algunas bolsas de plástico y latas van a marcar la diferencia?”
No hay nada que hacer.
Ni con uno mismo, ni con el resto, ni con el medio en el que vivimos. Todos
estamos vendidos. Es el precio que pagamos por participar. Te ha tocado un
tablero de juego que no puedes cambiar y unas cartas con las que, como mucho, puedes jugar.
Ahora bien, tú decides si apostar alto, pasar o, como finalmente todos haremos,
salirte de la partida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario