AHÍ FUERA
No
sé cuánto tiempo llevo sin salir a la calle ni una sola vez (la
comida la he comprado por teléfono y me la han traído siempre a
casa), pero por fin hoy llega el día en que lo permiten. La
sensación es rara, porque no sé qué me voy a encontrar ahí fuera.
Un miedo repentino salido de no sé dónde me hace coger un cuchillo
grande de la cocina antes de abandonar mi vivienda. ¿Qué creo que
voy a encontrar? No lo sabría explicar, pero el caso es que llevo
el cuchillo en la mano.
En
la calle todo parece tranquilo. No veo a nadie. Salgo de mi plaza y
voy a la esquina. Allí veo a mi vecino Juan, con una correa al
cuello. En el otro extremo de la correa la boca de un perro, que la
agarra con fuerza. Ambos van paseando tranquilamente. En un momento
dado, Juan se acerca a un árbol, con el permiso del perro, que
afloja un poco la correa en su boca; se baja los pantalones y empieza
a hacer sus necesidades. Es una imagen bastante desagradable. Estoy a
punto de gritarle qué hace, que no puede cagar en la calle, pero en
ese momento veo a dos mujeres con correas al cuello llevadas por
sendos perros caniche.
Me
inquieta y me confunde esto que veo, así que me alejo de inmediato.
A tres manzanas me encuentro a dos ancianos sentados en un banco. Uno
de ellos le tose en la cara al otro y a mí me viene un pequeño
sobresalto. En ese momento el que ha tosido acerca su dedo a la cara
del otro anciano y empieza a contar. Cuando acaba, anota algo en una
libreta mientras dice: “Diez gotitas”. Ahora le toca toser al que
ha recibido antes y hace lo mismo: cuenta las gotitas de saliva y
las anota en una libreta. No sé qué me desasosiega más, si esta
competición de toses y saliva o el paseo de los perros a sus dueños.
Doy
media vuelta y me voy alejando de los dos hombres. De repente veo a
un señor de mediana edad que se acerca a mí corriendo y con una
sonrisa en la cara. Por mucho que hayan levantado la prohibición de
salir de casa, creo que el virus aún puede estar por ahí, con lo
que sería muy prudente mantener la distancia entre las personas
durante un tiempo; y este tío no tiene pinta de querer mantenerla
conmigo. Instintivamente le clavo el cuchillo en el estómago cuando
llega a mí, y cae medio muerto en el suelo. “Solo quería
abrazarte, vecino”, me dice. Ahora reconozco en él al vecino de la
puerta seis de mi edificio, un tío bastante antipático que ni te
daba los buenos días cuando coincidías con él en el ascensor. Debe
de ser que la cuarentena le ha trastornado.
Huyo
rápidamente de allí e histérico del todo, con la mano llena de
sangre de aquel pobre hombre, al que dejo moribundo tirado en el
suelo. Entre mis prioridades en ese momento no está ayudarle y sí
correr a casa a limpiarme, porque me ha salpicado un poco de su
sangre también en la boca. Empiezo a oír un ruido creciente y al
llegar al siguiente cruce veo en la calle perpendicular un grupo
enorme de animales que se acerca a la desbandada. Leones, elefantes,
tigres, ciervos, etc. hacen que aumente mi velocidad,
sorprendentemente alta teniendo en cuenta que antes de la cuarentena
no había hecho deporte en mi vida. Por fin consigo llegar a casa y
me encierro de nuevo. Pongo en la lavadora toda la ropa que llevo y
me ducho a conciencia. Después de intentar relajarme un poco,
comienzo a escribir esta corta vivencia. Ha sido todo muy
extravagante pero no dudo de que me haya ocurrido, por eso lo
escribo. Pero hay algo que, llegados a este punto de la narración,
no sé si debería confesar aquí porque...en fin, debe de haber sido
fruto de la histeria y el estrés que me acaparaba en ese momento,
imagino...sí, no puede haber sido otra cosa que una alucinación: en
ese montón de animales alocados que he visto antes era imposible que
hubiera un dinosaurio.
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