viernes, 18 de octubre de 2019

Arnedillo


Los buitres planeaban sobre el Balnerario de Arnedillo. No era un lugar triste solo monótono. 
Mi abuelo, médico de baños, recogía todas las mañanas a mi madre. Bata blanca él, azul ella como sus ojos -iguales a los de su padre pero no estrábicos-. 
El abuelo era un genio. Inventó una rueda con guillotinas para decapitar perros que luego diseccionaban en la facultad de medicina. No sé si era verdad, pero eso es lo que contaba mi madre. Luego la acomodaban en la silla, se la llevaban y la untaban de barro para terminar aclarándola con un fuerte chorro de agua caliente que escupía una enorme manguera verde. ¿Sería divertido?
 Yo me aburría. Junto con mi  hermano quedaba con Izascum -la hija del cocinero- Era muy guapa y siempre nos obsequiaba con una tremenda bolsa rebosante de aceitosas patatas fritas recién hechas. Luego subíamos al monte con un pastor cuyo nombre y rostro no recuerdo. El sacaba una pequeña flauta de madera y nos ponía a bailar jotas. Yo baliaba lo que fuera con tal de estar con ella. Descansando en un banco de aquel cerro, los vimos apretujarse en vuelo circular cada vez más estrecho. Se oyen gritos… dos amantes, una poza en el río, quizás un remolino. 
-¡Ahí los traen, Izascum! Apenas tapados en sendas camillas dos cuerpos inertes. A uno le asoma el pelo blanco. 
Sentimos un frío repentino y nos cogimos de la mano. La primera vez que la sentí un poco mía. Luego continuamos con la jota bailando hasta caer agotados. 
La cena fue triste, cotilleos y un plato de acelgas con patatas. 
-¡Dios, cómo odiaba las acelgas!

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