A lo alto de la escalera no llegaban los débiles rayos del sol tibio de una tarde de noviembre. La del catorce. Un lunes más como otro cualquiera. Nada a destacar, ni hacía mucho frío, tampoco diluviaba y el viento andaría de vacaciones.
La tía María abrió la puerta con dos bocadillos en la mano, recogió nuestras carteras y jaleó, impaciente, para mandarnos, a Vicente y a mí, a jugar al fútbol al callejón del hielo. La tía siempre olía a leche de vaca recién ordeñada, efluvio que hasta el día de hoy no he conseguido soportar, aunque aquella tarde otoñal la bien disimulaba con un etéreo aroma que a mí me pareció de alcohol de quemar.
Mi hermano salió como un tiro camino del improvisado campo de deportes, así eran las instalaciones deportivas que teníamos entonces, improvisados callejones sin salida. Cuando la tía cerró la puerta en mis narices, me pareció oír un grito, un lamento.
Cuando el último amigo abandonó el callejón del hielo regresamos cansados y contentos a casa. No abrió la tía María, que ya había cumplido con su cometido, entrenada como estaba en el oficio de ayudar a las vacas a traer terneros al mundo.
Fue otra tía, Amparo, la hermana menor de mi madre quien nos abrió. Pasad, corred, vuestra madre os ha traído un regalo. Rubio, pequeño y con los mofletes colorados. Así conocí a mi hermano Rafa.
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