TRES PRESENTACIONES
Decir que Juan era un encargado poco
querido en el almacén, sin faltar a la verdad, no acababa de hacer justicia a
su verdadero temperamento. Llevaba tiempo observando el trato que dispensaba a
la gente de a pie y me chirriaba en exceso su comportamiento, más propio del
comandante de un campo de concentración que del esperado en un subalterno con
escasa parcela de mando. Braceaba, alzaba la voz y se mostraba desafiante
cuando tenía que reprender a alguien o, simplemente, cuando los demás no
compartían sus mismas opiniones; no importaba si sobre el rendimiento de un
jugador de fútbol o sobre como colocar un bulto en el estante.
Aprovechando
una pausa me acerque a él. Cuando bajó de la carretilla elevadora, advertí en una
zona recién depilada de su pierna izquierda, como atrapada en el marco de un retrato, el
tatuaje de un símbolo odioso y trasnochado.
—Parece mentira, Juan, que todavía
haya gente, a estas alturas del siglo XXI, que comulgue con esas ideas.
Deberías hacértelo ver, chaval.
Noté un brillo fugaz en sus ojos, una
mirada cargada de coraje que pronto recondujo con una sonrisa jabonosa y ladina,
deponiendo la incipiente actitud hostil, sabedor de que, por razón de mi cargo,
aquella batalla la tenía perdida.
—Tranquilo, jefe, me lo grabé de
joven, cosa de chavales, una chorrada sin importancia que ni me acuerdo que llevo tatuada. Ya sabes que yo soy un tío tranquilo y legal.
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Hermana y cuñada, abandonaron el piso
cargadas con sendos fardos de ropa, dejando a Ernesto sentado en el pico de la
cama de matrimonio. Larga y demasiado ancha o, al menos, eso le pareció aquella
anodina tarde, como lo venían siendo todas junto a sus correspondientes días,
desde que tomó la decisión de vaciar aquel armario, el mismo día que arrojó
al cubo de la basura la maldita corbata negra que su hermano compró para el luctuoso acontecimiento.
Con la mirada secuestrada en el
desierto ropero, sostenía en sus cansadas manos una falda plisada, blanca e
impoluta. Irene, pese a que hacía años que le venía pequeña, nunca quiso desprenderse
de ella. Decía, aunque Ernesto no lo recordaba, que la llevaba puesta
el día que él deslizó, bajo su cendal, una temerosa mano camino de lo prohibido
sin deshacer un solo pliegue.
Apretándola contra la cara sintió una
humedad que lo sacó de su arrobamiento. Alargó los brazos para contemplarla con
tranquilidad y sosiego, instante en que la luz vespertina que dejaba pasar la cortina inflamó
de blanco la seda. Entonces, y solo entonces, se dio cuenta de que había estado llorando.
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El paraninfo de la universidad bullía
de gente. A los necesarios graduados y los consabidos familiares henchidos de
orgullo, se unía un grupo de periodistas y fotógrafos en mayor número del que
solía ser habitual en ese tipo de actos.
Ataviada con un vestido estampado que
no llegaba a cubrirle las rodillas, piernas algo cortas y ligeramente curvadas,
dedos morcillones, cara redonda y ojos manifiestamente rasgados detrás de unas
gafas de culo de vaso, Carmen, pese al boato de la gala, seguía siendo Carmen.
Era consciente de que gran parte de las
miradas confluían en ella: curiosas muchas, admirativas las de sus compañeros y
plenas de satisfacción las de sus familiares.
El rector la llamó por su nombre y rumbo
al estrado, un breve paseo comparado con el largo y tortuoso camino que la
había llevado hasta allí, Carmen, cegada por los flashes, se preguntó: «¿Esas fotos son por mí o por la
trisomía?». La respuesta parecía evidente.
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