“Personaje que no siempre se
muestra violento“
El hechizo propio de los Jardines
del Real, edulcorado por las miradas de Adela, turbaban aquel momento ajeno al acecho de su entorno.
Una mano ruda me tapó la boca.
Estábamos siendo atracados.
Yo, habitualmente mantengo la
sangre más bien fría, incluso en aquel accidente de tráfico me mantuve
imperturbable mientras llamaba a la ambulancia
y controlaba la situación. Nunca solté un chillido en las pelis de terror. Pareciera ver siempre la
escena desde fuera.
En esta ocasión mantuve la calma,
querían que les diéramos el dinero y los relojes. Eran dos, uno de ellos
blandía una navaja junto al cuello de mi amor. Ella rompió a gritar en pura
histeria desgarradora. Como un resorte cogí la navaja por el filo, los rateros
huyeron prestos. Desaparecieron en el entresijo arbóreo, lejos, allá donde el griterío
no les alcanzaba, sólo los pájaros, con sonara algarabía, recordaban el
incidente.
En la rueda de reconocimiento,
otros ladronzuelos se peinaban con descaro frente al espejo que nos ocultaba.
¡No eran ellos! Una rabia apretó mi puño abriendo una herida mal curada. La ira
escaló mi enojo para sacar todos los demonios fuera de mi. Las patadas
desmerecían cualquier raciocinio, el intelecto, sumergido en niveles
primigenios de conducta animal, no veía con claridad entre tantos malos humos.
Unas palabras de Adela a mi oído acariciaron
mi corazón, batiéndose por fin en
retirada.
“Personaje que acaba de perder a su pareja”
Hoy me he peinado con esmero, la ducha me ha dejado
relajado. Mi pelo negro brilla húmedo, el calor del baño colorea mis mejillas.
Un brillo especial asoma en mi mirada. Estaba a punto de encontrarme con ella, el
amor de mi vida, siempre presente en mis sueños. Desde la primera caricia de
sus dedos, quedé tocado.
Bueno, ¡Ya casi es la hora! Me calzo mis mejores zapatos,
visto un traje azul marengo impecable. Esparzo
perfume a distancia. ¡Es el que siempre le gustó!
Ya estoy con ella. Su marido me ha permitido acompañarla.
Hemos salido a la calle junto a sus hijos. Una lágrima ha rodado por mi mejilla
mientras izábamos a hombros el ataúd de mi siempre amada Adela.
--Cuando yo
diga ¡ya!, salimos todos a la vez.
Y así lo
hicimos. Cogimos nuestras almohadas, y en tropel, irrumpimos en la habitación
contigua del internado. Las guerras de almohadas eran habituales y muy divertidas.
Había un
compañero grandote y fuertote. De un mamporro podía estamparnos a todos juntos,
había incluso ganado el campeonato de España de lanzamiento de martillo. Contra
éste me fui yo. Resulta que si le chillabas se acurrucaba, se encogía y se protegía
mientras le atizabas con la almohada.
Tal vez de
pequeño le chillaron y pegaron y a lo Paulov mostraba un condicionamiento
reflejo de protección ante un estímulo de chillidos.
Hoy es
guardaespaldas y “segurata” de discoteca con aspecto de matón, pero en su
interior conserva el encanto de la fragilidad.
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