sábado, 23 de noviembre de 2019

El manco que nunca lo fue


   
De camino al aparcamiento que la universidad tiene bajo la pista de deporte, Carlos no dejaba de pensar en el ejercicio que el profesor les había propuesto para el jueves siguiente, un relato sobre las manos exento de tópicos. Quién le habría mandado a él, a su edad, apuntarse a un curso de narrativa. De camino a casa recordó haber leído en alguna ocasión un relato que podría acoplarse bastante bien a lo que Kike les había pedido. Cuando acabó de cenar escarbó en la biblioteca hasta encontrar lo que buscaba. Dudó un instante, pero la ausencia de ideas ingeniosas le proporcionó el empujón definitivo para plagiar el trabajo. Encendió el ordenador y comenzó a copiar.

   Nos conocimos en Alcalá de Henares, seguramente el día de san Miguel de 1547, ya ha llovido desde entonces. Juntos, los tres nos trasladamos a Madrid veinte años después, donde nos comió el gusanillo de la escritura e ingresamos en el Estudio de la Villa. Que tiempos, os acordáis, junto a don Juan López, de él aprendimos bien la gramática. Aquel viejo Madrid del recién estrenado Carlos, quinto o primero, según se mire, y donde tu hermana y tú o tú y tu hermana, tanto monta, me pusisteis en un brete que a punto estuvo de acabar con los tres en la cárcel.
   Ya sé que tú nunca reconociste la autoría de los hechos porque te consideras diestra, leal y culta, mientras que tu hermana siempre ha sido más siniestra, pendenciera y bohemia. Lo bien cierto es que, tanto si fuiste tú con la espada o ella con el estilete, el maestro de obras Sigura salió mal parado de aquel lance y nos vimos obligados a huir rumbo a Italia huyendo de la justicia.
   Después llegó el desastre que arruinó la vida de tu hermana. Fue ella la que se empeñó en embarcar en la galera Marquesa allá por 1571; quería aventuras la muy puta. Nefasto siete de octubre, frente al turco, en el vericueto laberinto de las islas griegas. Maldito trozo de plomo que le seccionó aquel nervio condenándola al anquilosamiento perpetuo y que hizo que la posteridad me conociese como el manco de aquel estrecho griego. Pero no es cierto, ella no quedó varada en el hospital de Messina, bien lo sabes, continuó con nosotros hasta el final. Luego vino lo del cautiverio en Argel, pero de eso no te voy a contar nada, ya te encargaste tú de darle cuerpo en aquellas dos comedias.
    ¿Quién nos animó a leer el Tirant lo blanc? ¿Quién nos metió en la cabeza los libros de caballerías? Ella, claro que ella. Inmóvil junto al corazón, paralítica y entumecida, nunca nos dirigió un reproche. Mientras, los tres crecimos a la par, maduramos y nos dedicamos de lleno a escribir esa gran novela con la que todo escritor sueña inmortalizarse.
     Fueron días de febril actividad, noches a la luz del candil donde yo me dejé la vista, tú trabajaste como una esclava y tu hermana, desde su sitial, hierática y firme, no paró un segundo de animarnos. Lo que vino después, molinos de viento, ninguno de los tres lo pudo haber imaginado, pero eso ya es historia.
   Hoy solo pretendo aclarar que de Sinistra nunca nos separaron, que fue herida sí, que perdió toda su vitalidad también, pero que siempre… siempre, estuvo con nosotros. Así que manco, como han querido llamarme, no lo fui ni de Lepanto. Si acaso algo tullido, nada más.

   
Cuando terminó de copiar aquel fragmentó dudó. ¿El profesor o alguno de sus compañeros reconocerían aquel texto?, sería mucha casualidad. Colocó el puntero del ratón sobre el botón de publicar, cerró los ojos y apretó el botón derecho del ratón. Esa noche tuvo alguna pesadilla.


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