Guardan
pequeñas cicatrices de aquellas aventuras de la infancia que vivieron sin
escudo en el pequeño mundo de la calle, sin miedo a nada y de alguna diferencia
de opiniones que resolvieron con un apretón de manos. Con sus dedos me ayudaron
a aprender a sumar y restar. Todavía les da repelús el tacto de la tiza al
escribir en la pizarra y la nieve en polvo que suelta el borrador al sacudirlo sobre
la pared. Lograron sujetar de manera correcta el lápiz, antes de escribir las
primeras letras, palabras y frases. Sujetaron mis primeras lecturas y se
tiñeron de arcoíris al pintar sobre el papel.
Han
crecido conmigo y saben mejor que nadie lo que me gusta leer, comer o tocar.
Recuerdan todas las caricias que dieron o recibieron durante todo este tiempo.
Saben cuándo deben ser fuertes o delicadas, dependiendo del momento. Han
trabajado masas dulces o saladas que, a veces, se resistían a despegarse de
ellas. Volaban ágiles sus dedos sobre las teclas de la máquina de escribir,
para después, convertirse en su principal trabajo para ejercer mi profesión. Se
adaptaron a las nuevas tecnologías y supieron rozar con suavidad el teclado del
ordenador mientras la derecha sujetaba el indómito ratón.
También
supieron amar sin palabras, reconocer el calor en una frente febril y abrigar
con el suyo a una mano que se sentía perdida. Son frágiles y fuertes a la vez.
Disfrutaron acunando y cuidando a mis hijas. A ellas se aferraron sus diminutas
manos para dar sus primeros pasos y, a pesar del tiempo, regresan a su abrigo
cuando necesitan sentirse seguras.
Acompañaron
y cuidaron los pasos de mi madre que el tiempo lentificó y su memoria olvidó en
una silla de ruedas. Tejieron con paciencia sus recuerdos, le dieron calma y ese
amor infinito que necesitaba antes de su despedida.
Ahora,
ambas se sienten indefensas, los nudillos se retuercen y anudan de dolor. Son
torpes, pero nunca se dan por vencidas. En ellas late un corazón valiente que
lucha cada día. El tiempo va tatuando estrellas sobre la piel de su universo.
Mientras ellas aprenden a escribir, van dejando tras de sí una estela de
historias que les dicta mi corazón.
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