Aquellas que recuerdo
siempre en mis brazos. Siempre por delante, en caídas y en tortazos. Siempre
una extensión de mi mente y mis abrazos. De mi corazón y mis pedazos. Desatando
nudos y creando lazos. Abriendo mundos donde otros solo ven espacio en blanco, creando
silencios que brotan de tus labios.
Miro estas pobres
manos, a veces sucias y a veces temblando, cuando se encuentran con las tuyas y
su calor humano me recuerda que todo es un regalo.
Y pienso en el daño
que causaron cuando, cegadas, al otro olvidaron. Pero recuerdan sus surcos
helados todas las lágrimas que sus dedos calmaron.
Mis manos, siempre
perdidas y siempre buscando una grieta a la que asirme en mis noches sin
verano. Pero hienden la tierra en vano cuando, anhelando, buscan las raíces de
las que nunca se soltaron.
Porque todo está en
ellas esperando, mano a mano, ser liberado de su letargo.
Porque todo es camino
caminando. Y mis manos, siempre a mano, con tus manos de la mano.
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