domingo, 17 de noviembre de 2019

ENCRUCIJADA


Desde el bar, llamo por teléfono a Marta, mi mujer, pero no contesta. Insisto, una y otra vez, sin éxito. Su móvil está apagado o fuera de cobertura.
—¡Joder! ¿Cómo es posible? ¡Cuando llegue a casa se va a enterar! —maldigo entre dientes.
Entro en casa y cierro dando un portazo.
—¿Dónde cojones estabas? —grito muy enfadado. Le asesto el primer golpe.
Desde el suelo, me suplica que baje la voz. El niño duerme. Imposible controlar mi furia. De rodillas, lloro arrepentido y le digo:
—¡Perdóname! ¡No volverá a pasar!
Marta calla mientras me mira aterrorizada.


Despierto sobresaltada. Sin querer, me he quedado dormida en el sofá. ¡Dios mío, el móvil está apagado, sin batería! Tiemblo al pensar lo que me espera.
—¡Si es que soy una inútil! Sé que me quiere mucho, pero por mi culpa bebe demasiado y, a veces, se le va la mano. —me digo en voz baja.
Reconozco el sonido de sus llaves al introducirlas en la cerradura y me falta el aliento.  Entra como un ciclón y cierra de un portazo. Desde aquí, puedo oler su borrachera de cólera y alcohol.
Su rabia salpica mi cara cuando me pregunta dónde he estado. Antes de poder responder, ya me llueven los insultos y los golpes.
—¡Por favor, para, no grites! El niño duerme —suplico.
Llorando me pide perdón, como siempre. En silencio, lamo mis heridas. No quiero que Fernando, nuestro hijo, me vea así de humillada. Vencida.
Si lo abandono, amenaza con quitármelo. Todavía es muy pequeño. Solo tiene cinco años.


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