Desde
el bar, llamo por teléfono a Marta, mi mujer, pero no contesta. Insisto, una y
otra vez, sin éxito. Su móvil está apagado o fuera de cobertura.
—¡Joder!
¿Cómo es posible? ¡Cuando llegue a casa se va a enterar! —maldigo entre
dientes.
Entro
en casa y cierro dando un portazo.
—¿Dónde
cojones estabas? —grito muy enfadado. Le asesto el primer golpe.
Desde
el suelo, me suplica que baje la voz. El niño duerme. Imposible controlar mi
furia. De rodillas, lloro arrepentido y le digo:
—¡Perdóname!
¡No volverá a pasar!
Marta
calla mientras me mira aterrorizada.
Despierto
sobresaltada. Sin querer, me he quedado dormida en el sofá. ¡Dios mío, el móvil
está apagado, sin batería! Tiemblo al pensar lo que me espera.
—¡Si
es que soy una inútil! Sé que me quiere mucho, pero por mi culpa bebe demasiado
y, a veces, se le va la mano. —me digo en voz baja.
Reconozco
el sonido de sus llaves al introducirlas en la cerradura y me falta el aliento.
Entra como un ciclón y cierra de un
portazo. Desde aquí, puedo oler su borrachera de cólera y alcohol.
Su
rabia salpica mi cara cuando me pregunta dónde he estado. Antes de poder responder,
ya me llueven los insultos y los golpes.
—¡Por
favor, para, no grites! El niño duerme —suplico.
Llorando
me pide perdón, como siempre. En silencio, lamo mis heridas. No quiero que Fernando,
nuestro hijo, me vea así de humillada. Vencida.
Si
lo abandono, amenaza con quitármelo. Todavía es muy pequeño. Solo tiene cinco
años.
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