Reposan cruzadas junto al pecho, blancas y casi frías. Desnudan del anular su anillo.
Debí verlas y sentirlas por primera vez en la penumbra, casi traslúcidas y pintadas de pequeñas venas nadando en un viscoso líquido, luego agitadas intentando abrazar el aire, y sintiendo por primera vez su peso, reposarlas en un cálido vientre. Me sujetaron a vida que manaba de aquel pecho repleto. Sustituyeron por un tiempo aquel chupete que mis padres siempre me negaron. Me alimentaron y vistieron cien mil veces. Han sido mis cubiertos, mis raquetas, aquellos dos pequeños hombrecillos que juegan en una mesa vacía de juguetes. Mariposas y lobos en la pared de un cuarto reflejadas. Descubrieron mi sexo y luego el suyo. Con sólo un apretón hicieron mil amigos. También los despidieron con solo un balanceo, y a veces, las más tristes, dibujando una cruz sobre mi pecho. Firmes y fuertes fuisteis al principio. Después de un tiempo, delgadas, temblorosas, sujetaron las manos de otros niños, y en la escarcha del invierno equilibraron el camino aferradas al rugoso mango de un bastón.
Queridas compañeras dibujantes del árbol de mi vida. Instrumentos que han tecleado un piano y escrito un poema. Instrumentos que quietos o agitados habéis transmitido calma o furia. ¿A quién habéis pegado? ¿A quién salvasteis? ¿A quién acariciasteis? ¿A quién humillasteis con aquél dedo tan erguido? Tan solo materializamos los pensamientos e ideas que has urdido. Y si, si, somos también culpables de tus fracasos y de tus alegrías, pero nunca nos alabaste, aunque para ser justas tampoco nos reñiste. Siempre ignoradas. ¿ Y ahora que estás ya muerto te acuerdas con nostalgia del tacto de la historia que para ti construimos? No fuimos mas que tus esclavas, cables de cobre repletos de neuronas que a tu cerebro abrieron los sentidos. Cocineras, amasamos tu pan. Carpinteras, apretamos tus tornillos. Ingenieras, desviamos el cauce de un arroyo, heladas las yemas, quemadas por el frío. Y así encallecimos los nudillos con cien trabajos; algunos sin sentido. Y no nos diste ni una triste manicura. Sólo jabón y agua. ¿Acaso tu comías agua y pan, sin permitirte sorber vino? No usabas guantes y pasamos frío. Nos mordiste todos los padrastros hiriendo de las uñas la cutícula. Nos introdujiste en algún lugar inmundo que por pudor no mencionamos. Te metimos y te sacamos de cien líos y te dejamos escrita allí en la palma el manual de instrucciones de tus días; tan claro que hasta un ciego, si saber “braille”, lo leería. Y ahora en tu postrer venganza ¿encargas que nos roben el anillo?
Muy bueno, me ha gustado mucho. Enhorabuena.
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