MIS MANOS
Por
suerte mis manos siempre han estado ahí, entre mis brazos y el aire.
Las he visto crecer conmigo. Desnudas cuando eran niñas, se han ido
procurando un abrigo de pelos con el paso del tiempo. Aunque incluso
con este abrigo se cortan ante el frío. No porque sean tímidas,
sino por su extraordinaria sensibilidad a prueba de cremas. Y cuando
esto pasa se llenan de pequeños ríos de sangre que molestan como
filos de cuchillos y que me hacen desear la primavera y el verano.
Supongo que es una de las maneras que tienen de hacerse notar.
Ambas
están llenas de dedos y a veces mandan a los dos más pequeños que
se adentren en las fosas nasales y exploren sin contemplación como
si el mundo se fuera a acabar ya no mañana, sino en ese momento
mismo.
Cuando
las épocas de sequía carnal me hacían sentir inquieto, aparecían
ellas con su roce para aligerar la carga, aunque en el momento
culminante de la fricación me sintiera más turbado si cabe que
antes del primer contacto. Eso sí, una turbación paradisíaca.
Mis
manos siempre han tenido mucho tacto con las personas, tanto que
nunca las han tocado sin establecerse antes una confianza a través
de miradas o de tiempos de charla. Esas palmaditas en el hombro
buscando complicidad con el recién conocido, ese abrazo con un
desconocido, esa palpación de pechos debajo de la blusa en la última
fila del cine y en la primera cita...No, esas familiaridades
gratuitas nunca han ido con ellas.
Y
aquí las tenemos, escribiendo estas palabras sobre ellas mismas para
ser leídas y escuchadas por otros, para sentirse protagonistas por
unos minutos: porque a veces mis manos también son un poco coquetas.
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