miércoles, 27 de noviembre de 2019

Pequeñas olvidadas

Paseábamos por Gran Vía una fría mañana de Febrero. Eramos amigos. Amigos especiales. Agarró mi mano con delicadeza. La sangré subió a mis mejillas. Malditas manos. Ojalá me hubiese besado, así sin mas. Pero no, ahí estaba su mano en mi mano, con fuerza. Mis pequeñas olvidadas. Secas, agrietadas, padrastro aquí, padrastro allá. Uñas cortas y algún que otro callo bajo el dedo. Palmas grandes, dedos largos, podrían ser unas manos preciosas, pero se quedaron en funcionales. Esa misma mañana en el taller, un nuevo corte se había unido a la colección.

Le miré. Tal vez fuese pura paranoia, pero estaba convencida: Lo había notado. No reprimí las explicaciones, esa mala costumbre de justificarme por el mero hecho de autosatisfacer mis inseguridades.

Estas manos tienen historia. Gracias a ellas, tengo la nevera llena. Y no solo eso, ellas me permiten seguir aprendiendo en mi trabajo, desmontar máquinas y desvelar sus secretos. Imaginarme a su diseñador, decidiendo y montando con sus manos lo que en ese instante esta entre las mías. Ellas son curiosas, incapaces de no palpar su alrededor, sentir el mundo. Ellas me acarician después de un mal día. Me permiten escribir, dibujar. Crear, y por ello, me conceden la plenitud. Ya ves, lo que significan unas simples y destrozadas manos. Cuánto me representan, y qué poco las cuido.

Tomó mi otra mano, y juntándolas, las acarició. Respiré aliviada y por primera vez en mi vida, orgullosa de ellas.

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