1)
“¡Dame algo!” escucho en la esquina de la acera al tropezar con un fardo de ropa inmunda y sucia. Huele a orines. Tan solo asoma la cabeza que apenas se distingue de la grisácea tela. El pelo ralo sobre una piel raída y remendada, como de cuero viejo y roto. Los ojos, ya sin brillo, no me miran y de su boca asoman tan solo dos viejos inquilinos amarillos. Sobre la comisura de los labios pende un extinto cigarrillo húmedo. Extiende hacia mí su mano flaca, tan sólo huesos y nudillos mal unidos.
Del bolsillo saco dos monedas. Las coge y me agarra con inusitada fuerza de la manga. Intento zafarme de aquella presa hercúlea. En su antebrazo navegando entre las venas se dibuja una serpiente rodeada de picaduras infinitas.
2)
La mañana es gélida. Gélida y húmeda como la ventana en la que Elena dibuja sobre el vaho. Escucha por fin el silencio como un pitido continuo en sus oídos. Ya no más quejas, tan sólo algún suspiro. Con el dedo sobre el cristal frío repasa el contorno del pálido rostro que le mira. El pelo lacio, casi cano, descuidado. Secos de lágrimas los ojos, violáceas ojeras los circundan. Los labios apenas esbozados en dos finos trazos sobre la boca hundidos. Y en el fondo de la estancia, el reflejo de dos velas rojas encendidas.
3)
Pasea por las calles oteando en las esquinas por si tiene que cambiar de acera. Evita escaparates que reflejen su distorsionada silueta. Solo puede mirarse a escondidas en el baño. Su cara, rechoncha sembrada de pequeños granos amarillos que se expanden como setas cuando consigue reventar alguno. Las piernas forman un pedestal marmóreo que sostiene reciamente unas caderas y pechos desbordados. Sobre blanco mantel de la piel reverberan oscuras manchas de varios cardenales.
“¿De quién heredé esta inmensidad cárnica? ¿Por qué tuve que venir al mundo disfrazada de odalisca? ¿Y tú por qué me observas? Seguro que me ves aferrada a un bocadillo cuando hace dos días que apenas como nada… ¡Ahí están reunidas en la puerta! Me miran y se ríen”.
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