miércoles, 6 de noviembre de 2019

Pedro, Paquita y Pepe


Pedro

El gimnasio del Colegio resuena con las risas de los chicos de quinto de bachiller, el sonido de los zapatazos en el suelo y el silbato de D. José, un sargento chusquero que hace de profesor de gimnasia y al que todos llaman “El Capi”.  Hoy toca salto de plinto. La teoría es simple: corres, saltas en el trampolín, apoyas las manos al final del plinto y caes sobre la colchoneta. Eso si eres fuerte, decidido y tienes suficiente práctica; si no, es fácil caer de mala manera o darse un buen golpe contra ese armatoste tan grande.
“El Capi” va marcando con su silbato el ritmo de los saltos mientras, al final de la fila aguarda su turno Pedro Palomeque, el empollón de la clase. Pedro es un chaval muy rubio, casi albino. Es amable, inteligente y sensible, pero también gordo, blandengue y bastante patoso. Una pésima combinación de cualidades: aunque es el favorito de muchos profesores, nadie lo quiere en su grupo de colegas y todos le llaman, despectivamente, Porky Pig.
Pedro sabe, todos lo saben, que Porky no va a superar esta prueba. Durante la espera, nota como le cae un sudor frío por la espalda por el miedo que siente, no tanto por la caída que le espera como por la humillación posterior. Cuando le llega la vez, oye el vozarrón del Capi, que hoy ha venido ocurrente y tiene ganas de azuzar a la tropa: “!!!PA-LO-ME-QUE!!!, ¡A VER SI HOY SALTAS COMO UN HOMBRE Y NO COMO UN ME-QUE-TRE-FE!”. Mientras la clase estalla en carcajadas, Pedro cambia el temor por  rabia y corre y corre, con todas sus fuerzas y una determinación suicida, hacia el ya inevitable desastre final.

Paquita y Pepe

 Paquita y Pepe se mudaron al piso de encima del de mis padres hace bastante tiempo, cuando yo ya estudiaba en Valencia y solo coincidía con ellos en las vacaciones de Navidad o verano. Paquita era una mujer joven, andaría por los 35, y diría que guapa, salvo por su aire lánguido y triste que transmitía inseguridad y una personalidad que emanaba una angustia muy profunda. Pepe, su marido, era justo lo contrario. Unos 10 años mayor que ella, era un tipo atlético y jovial.  Muy simpático y servicial, siempre era el centro de atención en cualquier reunión y contaba los chistes más graciosos que he oído nunca. Era militar en la base de Alcantarilla, sargento o algo por el estilo (yo no hice la mili) y en sus ratos libres, que parecían ser muchos, alternaba largas veladas en el bar de abajo con un trabajo como profe de gimnasia en un colegio cercano.  
Mi madre hizo muy buenas migas con Paquita, a la que acogió como a una hermana menor. Por el contrario, siempre noté que mi padre rehuía la compañía de Pepe, hacia el que mi madre mostraba una hostilidad poco disimulada. Si alguna vez opiné sobre ese trato diferencial, incomprensible para mí, recibía respuestas  enigmáticas. “Los militares tienen poco trabajo y pasan mucho tiempo en el bar”, aseguraba mi padre, o “Cada pareja tiene sus cosas” sentenciaba mi madre para no dar más explicaciones.
El sábado pasado viajé a Murcia, como hago una vez al mes desde que falleció mi padre, hace ya más de un año. Al entrar en el portal me crucé con Paquita, a la que vi tan cambiada que casi no la reconocí. A sus cincuenta, estaba francamente guapa, con un precioso vestido que realzaba sus curvas de mujer madura, perfectamente maquillada y con un perfume sutil pero sugerente. Me resultó tan atractiva, que apenas pude balbucear unas palabras cuando me preguntó por mi madre. “Dale saludos de mi parte”, me dijo con una sonrisa que reflejaba su satisfacción por el efecto había causado en un hombre quince años más joven.
Al subir a casa, mi madre me recibió con la retahíla habitual de chismes familiares y yo le hice los arreglos caseros que justifican mi estatus de buen hijo. Mientras comíamos le comenté que me había cruzado con Paquita y me había dado recuerdos para ella. “¡Ay, hijo! qué cabeza la mía! Pues no se me ha olvidado llamarte para decirte que hace tres semanas que murió Pepe. Un infarto fulminante en el bar de abajo. ¡Qué mala suerte la de esta mujer, quedarse viuda tan joven!”

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