Pedro
El gimnasio del Colegio resuena con las risas de los chicos
de quinto de bachiller, el sonido de los zapatazos en el suelo y el silbato de
D. José, un sargento chusquero que hace de profesor de gimnasia y al que todos
llaman “El Capi”. Hoy toca salto de
plinto. La teoría es simple: corres, saltas en el trampolín, apoyas las manos
al final del plinto y caes sobre la colchoneta. Eso si eres fuerte, decidido y
tienes suficiente práctica; si no, es fácil caer de mala manera o darse un buen
golpe contra ese armatoste tan grande.
“El Capi” va marcando con su silbato el ritmo de los saltos
mientras, al final de la fila aguarda su turno Pedro Palomeque, el empollón de
la clase. Pedro es un chaval muy rubio, casi albino. Es amable, inteligente y
sensible, pero también gordo, blandengue y bastante patoso. Una pésima
combinación de cualidades: aunque es el favorito de muchos profesores, nadie lo
quiere en su grupo de colegas y todos le llaman, despectivamente, Porky Pig.
Pedro sabe, todos lo saben, que Porky no va a superar esta
prueba. Durante la espera, nota como le cae un sudor frío por la espalda por el
miedo que siente, no tanto por la caída que le espera como por la humillación
posterior. Cuando le llega la vez, oye el vozarrón del Capi, que hoy ha venido
ocurrente y tiene ganas de azuzar a la tropa: “!!!PA-LO-ME-QUE!!!, ¡A
VER SI HOY SALTAS COMO UN HOMBRE Y NO COMO UN ME-QUE-TRE-FE!”. Mientras
la clase estalla en carcajadas, Pedro cambia el temor por rabia y corre y
corre, con todas sus fuerzas y una determinación suicida, hacia el ya
inevitable desastre final.
Paquita y Pepe
Paquita y Pepe se
mudaron al piso de encima del de mis padres hace bastante tiempo, cuando yo ya estudiaba
en Valencia y solo coincidía con ellos en las vacaciones de Navidad o verano.
Paquita era una mujer joven, andaría por los 35, y diría que guapa, salvo por
su aire lánguido y triste que transmitía inseguridad y una personalidad que
emanaba una angustia muy profunda. Pepe, su marido, era justo lo contrario.
Unos 10 años mayor que ella, era un tipo atlético y jovial. Muy simpático y servicial, siempre era el
centro de atención en cualquier reunión y contaba los chistes más graciosos que
he oído nunca. Era militar en la base de Alcantarilla, sargento o algo por el
estilo (yo no hice la mili) y en sus ratos libres, que parecían ser muchos,
alternaba largas veladas en el bar de abajo con un trabajo como profe de
gimnasia en un colegio cercano.
Mi madre hizo muy buenas migas con Paquita, a la que acogió como a una hermana menor. Por el contrario, siempre noté que mi padre rehuía la
compañía de Pepe, hacia el que mi madre mostraba una hostilidad poco disimulada. Si alguna
vez opiné sobre ese trato diferencial, incomprensible para mí, recibía respuestas enigmáticas. “Los militares tienen poco trabajo y pasan mucho tiempo en el bar”, aseguraba mi padre, o “Cada pareja tiene sus cosas” sentenciaba
mi madre para no dar más explicaciones.
El sábado pasado viajé a Murcia, como
hago una vez al mes desde que falleció mi padre, hace ya más de un año. Al
entrar en el portal me crucé con Paquita, a la que vi tan cambiada que casi no
la reconocí. A sus cincuenta, estaba francamente guapa, con un precioso vestido
que realzaba sus curvas de mujer madura, perfectamente maquillada y con un
perfume sutil pero sugerente. Me resultó tan atractiva, que apenas pude balbucear
unas palabras cuando me preguntó por mi madre. “Dale saludos de mi parte”, me dijo
con una sonrisa que reflejaba su satisfacción por el efecto había causado en un
hombre quince años más joven.
Al subir a casa, mi madre me recibió con la retahíla
habitual de chismes familiares y yo le hice los arreglos caseros que justifican
mi estatus de buen hijo. Mientras comíamos le comenté que me había cruzado con
Paquita y me había dado recuerdos para ella. “¡Ay, hijo! qué cabeza la mía! Pues no se me ha olvidado llamarte para decirte que hace tres semanas que murió Pepe. Un
infarto fulminante en el bar de abajo. ¡Qué mala suerte la de esta mujer,
quedarse viuda tan joven!”
No hay comentarios:
Publicar un comentario