miércoles, 6 de noviembre de 2019

Tres comienzos: Tres personajes.


1)
Sonrío. Hace calor. Estoy sudando. Quiero que dejes de reprocharme que enviase el documento sin tu aprobación. Pero sonrío. Me trago la rabia, aun a sabiendas de que seré incapaz de digerirla. Son las ocho de la mañana y no dejas de hablar. Me gusta el silencio. Cállate. Sigo sonriendo. Has dejado papeles desordenados sobre mi mesa. Quieres que los gestione. No te miro a los ojos. No quiero verme tentada a desafiarte. Repito las mismas tareas de todas las mañanas a desgana, eso sí, con una sonrisa bien grande. Tu no lo sabes, pero bajo ella, mis dientes están bien apretados.

2)
Cariño, ya estoy en casa. ¿Has empezado a preparar la cena? Estoy agotada. Me derrumbo en el sofá. No huele a especias, la casa está en un desagradable perfecto orden. Bueno, no pasa nada, hoy la preparo yo. Observo la nevera. No tengo hambre, pero debo de comer. Pura supervivencia. Alargo la visita al frigorífico con la esperanza de que me abraces por la espalda y me beses en la nuca. Quien sabe, tal vez acabemos haciendo el amor sobre la encimera. Pero no lo haces. Me odio por odiarte aunque sea tan solo por unos segundos. Definitivamente, hoy no cenaré. Es viernes, Noviembre y noche de cine y mantita. Me acurruco en el sillón, y te llamo. Pero no vienes. Ni vendrás. Nunca más. La película empieza, una comedia facilona. Y yo lloró sin consuelo alguno, recordando las mil noches que pasamos en aquel sofá, las tardes que creí aburrida rutina. Lo valiosas que eran. Debería dejar de engañarme, dejar de esperarte y asumir que aunque nunca puedas volver a nuestra casa, siempre estarás en ella. En mi.

3)
La puerta cerrada. El discurso carismático e impecable repitiéndose en mi cabeza. Cuánto más cerca la entrada, los latidos más violentos. La adrenalina ardía en mis venas, el sudor inundaba las manos.

Abrí la puerta y mil ojos se posaron en mí. Tragué saliva, caminé con sumo cuidado hasta la tarima. Fue entonces cuando me di cuenta de que las palabras se habían desvanecido de mi mente. Bloqueada, sentí como aquellos desconocidos me analizaban. Sus expresiones de desaprobación. Rechazo. Casi era posible escuchar su crítica, aunque ninguno de ellos articulase palabra. Con casi metro ochenta de estatura y complexión atlética, fui empequeñeciendo por segundos. Las ganas de huir invadieron mi cuerpo. Bajé la mirada para no cruzarla accidentalmente con ningún asistente. Los pantalones a lunares ya no parecían tan buena idea como esta mañana. Soy ridícula. Lo saben. Lo sé. El nudo en la garganta pedía a gritos que me echase a llorar. Respiré hondo. Arrastré la ansiedad por la tráquea y las palabras salieron abruptas y desordenadas en un discurso que por supuesto, no fue ni carismático, ni impecable.

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