1)
Sonrío. Hace calor. Estoy sudando. Quiero que dejes de
reprocharme que enviase el documento sin tu aprobación. Pero sonrío. Me trago la
rabia, aun a sabiendas de que seré incapaz de digerirla. Son las ocho de la
mañana y no dejas de hablar. Me gusta el silencio. Cállate. Sigo sonriendo. Has
dejado papeles desordenados sobre mi mesa. Quieres que los gestione. No te miro
a los ojos. No quiero verme tentada a desafiarte. Repito las mismas tareas de
todas las mañanas a desgana, eso sí, con una sonrisa bien
grande. Tu no lo sabes, pero bajo ella, mis dientes están bien apretados.
2)
Cariño, ya estoy en casa. ¿Has empezado a preparar la cena? Estoy
agotada. Me derrumbo en el sofá. No huele a especias, la casa está en un
desagradable perfecto orden. Bueno, no pasa nada, hoy la preparo yo. Observo la
nevera. No tengo hambre, pero debo de comer. Pura supervivencia. Alargo la
visita al frigorífico con la esperanza de que me abraces por la espalda y me
beses en la nuca. Quien sabe, tal vez acabemos haciendo el amor sobre la
encimera. Pero no lo haces. Me odio por odiarte aunque sea tan solo por unos
segundos. Definitivamente, hoy no cenaré. Es viernes, Noviembre y noche de cine
y mantita. Me acurruco en el sillón, y te llamo. Pero no vienes. Ni vendrás.
Nunca más. La película empieza, una comedia facilona. Y yo lloró sin consuelo
alguno, recordando las mil noches que pasamos en aquel sofá, las tardes que
creí aburrida rutina. Lo valiosas que eran. Debería dejar de engañarme, dejar
de esperarte y asumir que aunque nunca puedas volver a nuestra casa, siempre
estarás en ella. En mi.
3)
La puerta cerrada. El discurso carismático e impecable repitiéndose
en mi cabeza. Cuánto más cerca la entrada, los latidos más violentos. La
adrenalina ardía en mis venas, el sudor inundaba las manos.
Abrí la puerta y mil ojos se posaron en mí. Tragué saliva, caminé
con sumo cuidado hasta la tarima. Fue entonces cuando me di cuenta de que las
palabras se habían desvanecido de mi mente. Bloqueada, sentí como aquellos
desconocidos me analizaban. Sus expresiones de desaprobación. Rechazo. Casi era
posible escuchar su crítica, aunque ninguno de ellos articulase palabra. Con
casi metro ochenta de estatura y complexión atlética, fui empequeñeciendo por
segundos. Las ganas de huir invadieron mi cuerpo. Bajé la mirada para no cruzarla
accidentalmente con ningún asistente. Los pantalones a lunares ya no parecían
tan buena idea como esta mañana. Soy ridícula. Lo saben. Lo sé. El nudo en la
garganta pedía a gritos que me echase a llorar. Respiré hondo. Arrastré la
ansiedad por la tráquea y las palabras salieron abruptas y desordenadas en un
discurso que por supuesto, no fue ni carismático, ni impecable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario