SIRENA
Cuando
desperté de mi operación de rodilla, lo primero que vi fue la inmensidad del mar
dentro de una mirada cálida. Y me dejé mecer entre sus olas. No la conocía,
pero la curva de su sonrisa liberó las lunas que guardaba en su boca y la
habitación se inundó de su rumor. No podía dejar de mirarla.
—¡Hola,
soy Lucía! Cuidaré de ti hasta que te recuperes. —me dijo con dulzura.
Sus
manos estaban hechas para acariciar y sus labios me recordaron la belleza viva
de los corales. Deseaba con impaciencia la llegada del amanecer para que ella apareciera.
Cuando, para levantarme, me rodeaba con sus brazos cubiertos de sol, su pecho
acogedor palpitaba sobre el mío y percibía cómo desde las profundidades de su cabello
soplaba la brisa marina. Siempre me imaginaba que bailábamos muy pegados. Aunque
su apariencia era más bien delicada, como pintada a acuarela, y su estatura
menuda, manejaba mi cuerpo con soltura y firmeza, como si flotara. Logró que mi
cojera desapareciera. Desde entonces, nadamos juntos en las mismas aguas
SSSSSSSS…
Noté su presencia a mi espalda y un
estremecimiento me recorrió el cuerpo. Apareció de la nada, como si se
desplazara reptando. Su voz sonaba rara, como un desagradable siseo. Por un momento,
pensé que me mordería el cuello. Me miró con sus ojos saltones, como si me
escaneara. Logró que me sintiese incómoda y nerviosa, por si me leía el
pensamiento. Sus palabras me hacían sentir culpable sin haber hecho nada. No
tenía prisa. Posado sobre tu hombro esperaba paciente hasta que cometieses un
error. Entonces, los cascabeles de su cola vibraban con entusiasmo y mordía tu
autoestima sin piedad. Te envolvía con sus amenazas constantes y apretaba, cada
día, un poco más. Si no te dejabas seducir, redactaba un informe desfavorable
para Recursos Humanos. Te soltaba al borde de la asfixia mientras te inoculaba
su asqueroso veneno.
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