miércoles, 11 de diciembre de 2019

Los espejos del alma



No creo que la cara sea el espejo del alma. Si fuera así no tendría tantos buenos amigos que saben que yo soy una bellísima persona… Quizás no sean tantos, lo dejamos en algunos. Y puede que no tan buenos. A veces se escabullen los fines de semana para que no salga con ellos de fiesta.  En el fondo los comprendo. Mi fealdad es incómoda, casi dolorosa. La gente no sabe cómo  mirarme y es imposible que mis colegas liguen el sábado que me sacan de marcha.
A mis 25 años, nunca he tenido novia ni nada  parecido. Ni guapa ni fea, nada: cero. Amigas sí, algunas. A veces asisto como oyente a sus conversaciones íntimas donde opinan de los chicos que les interesan o desuellan sin piedad a sus competidoras. Nunca hablarían así delante de otro hombre, pero conmigo no hay peligro. Ni siquiera reparan en mi. Soy el feo simpático y ocurrente, pero no conciben la posibilidad de que pueda interesarle a ninguna mujer, amiga o enemiga. Estoy fuera de cualquier competición. Como un eunuco en el harén, una especie de castración estética, supongo…


No creo que la cara sea el espejo del alma. Seguramente por eso tantos hombres la buscan, con un deseo que creen furtivo,  en otras partes de mi hermoso cuerpo. Me divierte lanzarles una breve mirada a los ojos y comprobar como se sienten pillados en falta, se azoran y disimulan. 
Tampoco es el alma lo que les deslumbra cuando decido ponerme guapa de verdad. No deja de asombrarme el efecto de que tienen unos tacones, un  vestido bien elegido y la seguridad que te da el saber que eres realmente bella.
 No me importa reconocerlo: me siento afortunada por ser guapa. La belleza interior la guardo para mí y para quien yo elija, pero la que está a la vista la administro como yo quiero. Me hace sentirme segura, poderosa.¿Crees  que éste es un mundo dominado por los hombres? Puede ser, pero los hombres son tan simples y predecibles…



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