ARQUETIPO ACTUALIZADO
Llevábamos
demasiado tiempo trabajando demasiadas horas al día, pero para
nuestro jefe nunca era demasiado. En aquella maldita oficina las
jornadas casi siempre superaban ampliamente las ocho horas y la
presión a la que nos sometía aquel miserable era en muchas
ocasiones cercana a lo insoportable. Todos estábamos hartos pero
nadie había cogido nunca ese hartazgo y le había dado forma de “me
voy de aquí...ahí te quedas, exjefe de mierda”. La situación
económica general era bastante mala y los diez trabajadores medio
esclavizados entre aquellas cuatro paredes teníamos familia, o bien
hipoteca o bien las dos cosas; todos sin excepción. Se hacía
difícil tomar la decisión de marcharse.
El
despacho de nuestro jefe estaba pegado al espacio donde trabajábamos
los demás. Aquel viernes a las 8 de la tarde vi cómo asomaba su
gorda cabeza por la puerta y llamaba a Esperanza para que entrara a
hablar con él. Ella era una mujer de fuerte carácter y seguramente
de las menos pusilánimes de aquella oficina, lo cual de todos modos
no le había hecho adoptar una postura distinta al resto. Hasta aquel
viernes a las 8 de la tarde. Cuando salió del despacho de nuestro
jefe, su enfado era mucho más que evidente. Desconozco qué le había
dicho, nunca nos lo reveló, pero no quiso esperarse al lunes para
pedirnos a todos que dejáramos un momento lo que estábamos haciendo
y fuéramos a hablar con ella a su mesa. Aquello estaba durando más
tiempo de lo humanamente aceptable y quería saber si estábamos
dispuestos a apoyarla en lo que pensaba acometer.
-
¿Peró qué piensas hacer? -preguntó
Joan, el responsable de compras.
-
Acabar con la tiranía de este
individuo -respondió
Esperanza.
Las
caras de desconfianza y de incredulidad que mostrábamos a Esperanza
seguían estando ahí, así que
esta, pegando un pequeño
golpe en la mesa y con una voz baja pero muy rotunda sentenció:
-
Tenemos que ser valientes, ¡joder! Si no estáis conmigo, esto no
funcionará.
-
¿Pero qué tienes en mente? -pregunté.
-
Nada del otro mundo. Denunciarlo. Algo que deberíamos haber hecho ya
hace mucho tiempo -me respondió ella.
El
lunes por la mañana, Esperanza no vino a la oficina. Tampoco al día
siguiente. El miércoles llegó su denuncia al despacho. Se la estaba
jugando doblemente: no solo por denunciarlo sino por no acudir al
trabajo.
El
jueves Esperanza sí vino y, naturalmente, el jefe le profirió un
arsenal de insultos e improperios muy lamentables. Pero ella no se
amilanó y le respondió con la misma contundencia y en un tono de
voz que jamás le había oído. Entre insulto e insulto a aquel
miserable, se dirigía a nosotros para que nos enfrentáramos también
a él, para que le echáramos a la cara todas las lindezas que nos
habíamos guardado desde hacía tanto tiempo. No sé qué escondido
carisma consiguió transmitir, pero el caso es que uno a uno nos
fuimos levantando de nuestros asientos. Con una seguridad creciente
nos acercábamos a él y lo íbamos obligando a ir hacia atrás con
nuestras palabras y nuestros pasos, hasta que esa gorda cabeza topó
con la pared que separaba su despacho del resto de la oficina. Y
Esperanza estaba allí con nosotros, participando de aquel
acorralamiento. De repente alzó la voz y nos mandó callar, a lo
cual obedecimos. Se colocó entre nosotros y aquel hombre que sudaba
y temblaba, totalmente sorprendido y sobrepasado por unas
circunstancias que nunca habría esperado, y nos dijo:
-
Hoy aquí no ha pasado nada. Ha sido un día de trabajo como otro
cualquiera. Nadie más que nosotros sabe que ha sido así. Y os pido
vehementemente que en los próximos días formuléis una denuncia
conjunta contra este tío. La mía sola puede que no tenga éxito,
pero si todos lo hacemos, estoy segura que conseguiremos mejores
condiciones de trabajo. O eso, o marcharnos de este sitio asqueroso.
Pero si lo hacéis, por favor, hacedme caso y denunciad a este tío
para que no crea que el despotismo es gratis.
Y
aquí estamos, escuchando a Esperanza. Por las caras de creciente
entusiasmo que veo en mis compañeros, intuyo que estamos en la
primera revolución, que será difícil pero necesaria, en la
historia de esta oficina.
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