domingo, 19 de enero de 2020

Altura


Notó como el aire sacudía su rostro, casi deformándolo. La sensación era irreal, por un momento pensó que lo iba a conseguir, pero el suelo se aproximaba a gran velocidad. No era verdad aquello de que toda tu vida pasa por delante en tan sólo unos segundos y eso que él aún era joven…Demasiado joven. Al final, iba tener que arrepentirse de haberse quitado el arnés.

-¡Ahhhh!- gritó una mujer al ver caer a un hombre desde el andamio del rascacielos. Aquel pequeño muñeco aleteaba con los brazos como si pudiera librarse de su inevitable encuentro con la acera. Rebotó sobre el toldo que protegía el zaguán y su cuerpo reventó los cristales de una limusina cuyo techo había amortiguado el mortal impacto. Un hombre negro cargado de anillos dorados abrió precipitadamente la puerta trasera del maltrecho automóvil 
- Parece que no respira- le dijo al chófer - ¡Llama a una ambulancia!

-¡Menudo ejemplar!- exclamó el sanitario mientras colocaba las palas de reanimación en el tremendo pecho de aquel individuo, aplicándole una descarga. El monitor cardíaco dibujó el principio de una cordillera en la triste línea plana que había recorrido la pantalla durante varios segundos - ¡Lo tenemos!

Tarsicio descansaba en el interior de aquella blanca habitación. Podía oír, pero no podía articular palabra. 
-¿Estoy muerto? pensó durante unos segundos. Salió de dudas al escuchar las voces de las mujeres que estaban junto a él. Intentó moverse pero no pudo. Intentó abrir los ojos y tampoco. Entonces intentó recordar. 

No conoció a su padre y su madre había muerto cuando apenas tenía dos años. No obstante tuvo doce madres más, en un casa con doce habitaciones. Las doce profesoras le habían dado una perspectiva de la vida distinta a la de los demás niños. Intentaron mantenerlo a salvo de las iras de Julio, el chulo repleto de tatuajes que regentaba la casa y les robaba el dinero; aunque, no obstante en varias ocasiones Tarsicio había sentido en su carne los golpes que éste propinaba a las chicas. ¡Nos espanta la clientela! gritaba constantemente.  Intentaron pagarle el instituto, pero Tarsicio les convenció, tras la primera evaluación, de que era mejor que invirtieran su dinero pagándole el gimnasio. ¡Ah sí!   Aquel bendito gimnasio le había regalado unos increíbles músculos con los que,  después de alcanzada la pubertad, había desfigurado el rostro de aquel imbécil y dejado su cuerpo inerte en un contenedor cercano. La vida había sido entonces mucho mejor para todas y sobre todo para él. 

La primera vez que la vio fue a través de la pequeña mirilla oculta en pared de una de las habitaciones por la que a veces le dejaban mirar y que él utilizaba -demasiado a menudo- con la excusa de protegerlas. Era una chica nueva, del Este, que alquilaba una de las habitaciones donde ofrecía sus servicios para pagarse los estudios.  Olga era distinta, más bella y refinada. No pudo evitar entrar en la habitación cuando su esporádico amante la insultó y golpeó al negarse aquélla a realizar algo que él le pedía con insistencia. Lo sacó a rastras y lo tiró a la calle sin darle tiempo siquiera a ponerse los pantalones. Tarsicio volvió a la la habitación y consoló a Olga. A Olga le agradó y cómo su  consuelo. Tarsicio era básico, pero  quizás pueda pulirlo, pensó.

Tarsicio no se dejó pulir. Cuando Olga terminó los estudios su mundo  se transformó en  un carrusel de números y relaciones sociales demasiado complicado. 

Se instalaron en las afueras en una granja en pleno bosque  donde Tarsicio en sus ratos libres  adiestraba y cuidaba  perros abandonados. Tarsicio podía escuchar su mirada triste y chantajista, como diciendo ¿me vas a dejar aquí con el frío qué hace? ¡Vamos llévame a casa de una vez! No podía resistirse a la amistad desprendida de los canes y estos le seguían y obedecían  como a su macho alfa.  Olga siempre lo reñía cuando traía uno más a casa. 

El trabajo de limpiacristales le permitía permanecer  en las alturas sobre una  estrecha tablazón de madera y disfrutaba realmente, como en un gran columpio mecido por el viento entre los arbóreos rascacielos. Allí la atmósfera era límpida y el silencio pitaba en los oídos Se sentía fuerte, casi un Dios capaz de volar.  Limpiar cristales era como purificar el alma, y  a través de ellos podía ver en cada ventana, en cada habitación, la realidad de un mundo del que no formaba parte;  prefería la inseguridad de su andamio. 

- ¿Cuándo vas a dejar de subirte a esos malditos andamios? No nos hace falta y es peligroso, le recriminaba Olga al llegar a casa. Lo peligroso es vivir en el suelo, le respondía este, bromeando. 

Por fin abrió los ojos. Olga reposaba su cabeza sobre  la bata que cubría su torso, como intentando retener los últimos latidos de su corazón. Tarsicio levantó la mano repleta de cables y acarició su pelo. Ella rompió a llorar.¿Porqué  no llevabas el arnés puesto,  en qué diablos estabas pensando?  En el hilo musical resonaba la canción de Rosalía “Con altura”…

- Me gustó volar, respondió Tarsicio.

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