jueves, 16 de enero de 2020

Iceberg en el desierto


En el desierto de Namibia las mañanas eran frías.  Owako salió al exterior de su choza. El  sol apenas había comenzado a calentar la arena y empezaba a teñir de rojo las redondas montañas que circundaban la aldea. El rojo era el color predominante de su vida, el rojo de las arcillosas chozas, el rojo de sus vestiduras, el rojo del barro con el que protegían su piel casi rojiza de aquel sol anaranjado y casi rojo, el rojo de la sangre con el que a veces se alimentaban. 
Ligero, tanto como su desayuno a base de harina de maíz y leche, se reunió con los otros jóvenes dirigiéndose hacia la carretera que distaba apenas unos kilómetros. Iban descalzos y reían. Owako, el mayor y más fornido de todos ellos corría a la cabeza con los demás chicos. Ellas, detrás, trotaban ordenadas riendo y gritando, dando palmadas y gritos de ánimo. Mamba se alegró al ver levantar a Owako los brazos en señal de triunfo. 
Una estampida de polvo se dirigió hacia ellos. Se colocaron en dos filas, cada una a un lado del camino. En una  Mamba y las demás chicas entonaban cortas estrofas y en el otro Owako y el resto de los muchachos respondían con otras diferentes formando un alegre coro acompasando. 
Como un fantasma diluido entre los vapores del calor que emanaba de la tierra hizo su aparición el brillante autobús amarillo.  Conducía despacio sorteando a duras penas los baches del camino. Tocó el claxon al pasar y Owako y los demás jóvenes gritaron de entusiasmo y júbilo. Lejos un elefante los observaba indiferente. 
En el interior del autobús iban de camino a la escuela los hijos de los trabajadores de la refinería. Algunos tenían el pelo del color del oro, como las alhajas que adornaban el cuello de la madre de Owako. Sus camisas eran casi tan blancas como su piel y  con sus delicadas manos devolvían alborozados los saludos mientras en el pasillo una mujer joven los obligada a permanecer sentados.  Owako y los demás chicos persiguieron un trecho el autobús mientras observaban las rechonchas caritas apiladas aplastándose contra la  ventana trasera del vehículo. Después se perdieron de vista. 
El calor era insoportable y el grupo se dirigió a la playa. Allí las montañas y la arena eran blancas, casi níveas en contraste con el color rojizo del desierto. La arena, lamida por un agua espumosa, abría un paisaje infinito de calcáreos esqueletos de mamíferos marinos;  cráneos y huesos de diferentes formas y tamaños, junto a los también oxidados restos de viejos barcos varados por las frecuentes tormentas que azotaban aquella costa.
Desprendidos de su escaso ropaje, entre empujones y salpicaduras, gritos y risas,  se metieron en las frías aguas del Atlántico. Trepaban con facilidad por las oxidadas estructuras de algunos de los barcos semihundidos y se lanzaban al agua desde sus peligrosos salientes metálicos. Exhaustos y para protegerse del hiriente sol del mediodía buscaron cobijo bajo las enormes costillas de una ballena que habían cubierto de con ramas y plásticos de diferentes formas y colores. Tras un leve sueño Owako miró a  Mamba. Ambos sonrieron.  Incorporados se cogieron de la mano y desaparecieron tras las dunas. El resto de grupo continuó hasta caer la tarde jugando y buscando pequeños tesoros escondidos en la arena que luego utilizarían para transportar agua o impermeabilizar los techos de sus chozas. 
De regreso al poblado la nube de polvo anticipó de nuevo su llegada. A la luz del atardecer el autobús ya no brillaba, los niños en su interior ya no eran tan blancos, sus camisas  estaban sucias y estos apoyaban sus  dormidos mofletes en las ventanillas. Ninguno pudo percatarse de los cantos y carreras que les despedían.

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