María
se levanta de la cama cuando suena el despertador de Manuel, el vecino de arriba.
La acompaña en la cocina con sus toses matutinas y sus pisadas rápidas mientras
se prepara el café. Ella no tiene prisa. Se embelesa dando vueltas a la
cucharilla. Ese sonido se convierte en un mantra que hace aflorar sus
recuerdos. El llanto de Marcos, el bebé de al lado, rompe la magia de ese
momento y la devuelve a la realidad. Los niños del edificio son como sus
nietos. Le gustan sus risas y sus juegos. Crecen demasiado deprisa.
Sin
embargo, los ladridos de Rex, el perro del primero, la ponen muy nerviosa. Es
demasiado grande para estar encerrado en el piso. Su querida Tula sí que era de
una raza pequeña y cariñosa. No se apartaba de su lado ni de día ni de noche.
Mantenían largas conversaciones. Se entendían con solo mirarse. Apenas le daba
trabajo. Envejecieron juntas.
Después
de ducharse, prepara la comida. Así, cuando le entra hambre, come y ya tiene
toda la tarde libre para ver la televisión o leer un rato. De vez en cuando,
echa una cabezadita. Por la noche, ya no duerme tan bien como antes. El mínimo
ruido la despierta y ya no puede volver a coger el sueño. Aunque, no se queda
tranquila hasta que todos sus vecinos regresan a casa y cierran la puerta.
En
sus días no hay sorpresas, su teléfono hace mucho tiempo que no suena y su
buzón siempre permanece vacío.
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