EL AMOR, LA OBSESIÓN Y EL TEMOR
Todos
los edificios estaban sin luz, excepto tu ventana del primer piso,
que parecía mirarme sabiendo que estaba deseando verte aparecer. Y
apareciste. Tan fea como siempre. Con ese pico de águila real entre
los ojos, que compartía protagonismo con la mueca permanente de tu
boca armoniosamente deformada; una boca acotada en la parte de arriba
por ese bigotillo que se llenaba de sudor perlado en los momentos más
imprevistos y ocupada por unos dientes entre amarillos y parduzcos.
Gracias a la luz de tu ventana podía apreciar estos detalles y
alguno más, como esa manera desmesurada de bostezar, esos pelos
despeinados que no obedecían a nadie o tu manera de achinar los
ojos. Te acababas de despertar, sin duda. Podía distinguirte con la
seguridad de que la penumbra me ocultaba, allí justo debajo de tu
ventana. Estaba enamorado de ti, irremediablemente. No me importaba
que fueras tan fea. El aspecto físico está claramente sobrevalorado
hoy en día. Estaba seguro que eras inteligente y albergabas otras
características interesantes. Había decidido que al día siguiente
por fin intentaría conocerte, no sé cómo pero lo intentaría. Ya
estaba cansado de amarte en la clandestinidad. Si no conseguía
enamorarte en seguida, lo lograría con el tiempo. Ya me las
arreglaría de alguna forma, pero tú no serías de nadie más que de
mí. Llevaba años buscando una persona así. Y allí estabas tú,
encogido y tan imbécil como siempre. Debajo de mi ventana una vez
más, pensando que no te veía. Si hubieras mirado hacia el cielo
habrías visto una enorme luna llena que anulaba en gran parte la
oscuridad de la calle. Además de jorobado y cojo, parece ser que
eras tonto. Siempre creíste que no te había visto observarme cuando
salía a la calle o cuando tantas madrugadas me apoyaba en esta
ventana tras despertarme en mis noches de desvelo. Estabas más que
enamorado de mí, lo cual era muy lógico, pero no entendías que una
mujer atractiva no puede estar con alguien así. Y aquella noche, al
verte allí de nuevo por enésima vez, me harté. No te tenía miedo,
pero llamé a la policía, que vino bastante rápido. Desde mi
ventana expliqué la situación a los dos agentes que se presentaron
y estos te sacaron de allí metiéndote en su coche. Supongo que te
llevaron a comisaría. De esto hace ya una semana y desde entonces no
te he vuelto a ver merodeando cerca de mi casa. Y esto sí que me
asusta un poco, porque está claro que la policía te tuvo que soltar
y ahora no sé si estás enamorado o cabreado. Espero que no estés
tramando nada...
No hay comentarios:
Publicar un comentario