Todos los edificios estaban sin luz, excepto tu ventana.
¿Cuántos años hacía que no pasaba por tu calle? ¿cinco, diez?
La luz de tu habitación me recordó aquella noche en la que preparábamos juntos el examen que nunca llegó a celebrarse. Ese presidente con cara de chimpancé gimiendo
lastimero lo de la lucecita del Pardo. Tu madre que entraba, con la expresión desencajada, en el
cuarto. Hijo, se ha muerto Franco, ¡qué va a pasar ahora! Juan, ¿tus padres
saben que estás aquí? Llámalos no vayan a preocuparse. Seguro que sí: la mayor
preocupación de mis padres en ese momento era abrir la botella de champán que
compraron, con evidente exceso de optimismo, dos meses antes. Recordé cómo
mentí con cara de buen chico mientras tú gesticulabas con sorna. No se preocupe,
doña Engracia, saben que estoy estudiando con Miguel, aquí en su casa. Qué
distintos éramos y cómo llegamos a estar tan unidos por una amistad que entonces me parecía indestructible.
Pensé en qué estarías haciendo a esas horas de la madrugada.
¿acababas de volver de juerga, como yo? O un lío de faldas. No, un lío, no.
Nunca te expondrías así en tu propia casa. Quizás la realidad era más simple,
la próstata no perdona. Seguro que no sería insomnio, desde joven adiestraste
bien a tu conciencia para justificar cualquier cosa... No, ni juerga, ni lío,
ni próstata: tú te acababas de levantar para organizar alguno de tus asuntos; un
horario normal nunca fue suficiente para tu ambición depredadora.
Y no eran cinco ni diez. Hacía ocho años que dejamos de
tratarnos. El alcohol abre agujeros en el cerebro por donde se escapan los
recuerdos que crees que has enterrado para siempre. Me pediste uno de tus favores,
no en tu beneficio, claro que no; por amistad, por fines más elevados, como
siempre. Y alguien saldría perjudicado, también como siempre. No se puede hacer una
tortilla sin cascar un huevo, decías. Pero esa vez te dije que no. Miguel, eso
no puedo hacerlo. Me miraste con asombro, como si te estuviese replicando, no
sé, tu lavadora o un sofá: un objeto destinado a tu exclusivo beneficio. Y
entendí de golpe lo que me había negado a ver durante tanto tiempo. Como tantas
otras personas a las has utilizado a lo largo de tu triunfadora carrera, acababa de pasar del selecto grupo de tontos útiles al mucho más extenso y prescindible de tontos inútiles.
Esta mañana he leído una noticia sobre ti, profesional brillante, político comprometido. Parece que tu carrera sigue en ascenso y todos hablan de no sé qué nuevos cargos. Y he vuelto a recordar aquel sábado de madrugada cuando pasé por
tu calle en plena derrota y, al ver la luz de tu ventana, estuve a punto de
llamarte. Por la amistad, por los viejos tiempos. No me había acordado desde
entonces, pero hoy me alegro de no haberlo hecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario