miércoles, 8 de enero de 2020

Desencanto


Todos los edificios estaban sin luz, excepto tu ventana.
¿Cuántos años hacía que no pasaba por tu calle? ¿cinco, diez? La luz de tu habitación me recordó aquella noche en la que preparábamos juntos el examen que nunca llegó a celebrarse. Ese presidente con cara de chimpancé gimiendo lastimero lo de la lucecita del Pardo. Tu madre que entraba, con la expresión desencajada, en el cuarto. Hijo, se ha muerto Franco, ¡qué va a pasar ahora! Juan, ¿tus padres saben que estás aquí? Llámalos no vayan a preocuparse. Seguro que sí: la mayor preocupación de mis padres en ese momento era abrir la botella de champán que compraron, con evidente exceso de optimismo, dos meses antes. Recordé cómo mentí con cara de buen chico mientras tú gesticulabas con sorna. No se preocupe, doña Engracia, saben que estoy estudiando con Miguel, aquí en su casa. Qué distintos éramos y cómo llegamos a estar tan unidos por una amistad que entonces me parecía indestructible.
Pensé en qué estarías haciendo a esas horas de la madrugada. ¿acababas de volver de juerga, como yo? O un lío de faldas. No, un lío, no. Nunca te expondrías así en tu propia casa. Quizás la realidad era más simple, la próstata no perdona. Seguro que no sería insomnio, desde joven adiestraste bien a tu conciencia para justificar cualquier cosa... No, ni juerga, ni lío, ni próstata: tú te acababas de levantar para organizar alguno de tus asuntos; un horario normal nunca fue suficiente para tu ambición depredadora.
Y no eran cinco ni diez. Hacía ocho años que dejamos de tratarnos. El alcohol abre agujeros en el cerebro por donde se escapan los recuerdos que crees que has enterrado para siempre. Me pediste uno de tus favores, no en tu beneficio, claro que no; por amistad, por fines más elevados, como siempre. Y alguien saldría perjudicado, también como siempre. No se puede hacer una tortilla sin cascar un huevo, decías. Pero esa vez te dije que no. Miguel, eso no puedo hacerlo. Me miraste con asombro, como si te estuviese replicando, no sé, tu lavadora o un sofá: un objeto destinado a tu exclusivo beneficio. Y entendí de golpe lo que me había negado a ver durante tanto tiempo. Como tantas otras personas a las has utilizado a lo largo de tu triunfadora carrera, acababa de pasar del selecto grupo de tontos útiles al mucho más extenso y prescindible de  tontos inútiles.
Esta mañana he leído una noticia sobre ti, profesional brillante, político comprometido. Parece que tu carrera sigue en ascenso y todos hablan de no sé qué nuevos cargos.  Y he vuelto a recordar aquel sábado de madrugada cuando pasé por tu calle en plena derrota y, al ver la luz de tu ventana, estuve a punto de llamarte. Por la amistad, por los viejos tiempos. No me había acordado desde entonces, pero hoy me alegro de no haberlo hecho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Textos para lectura previa de cara a la última clase

TRANSIRAK MR.PERFUMME ¿Quién podría amar a una medio máquina? ¿Quién sería capaz de bucear bajo su gruesa capa de metal? ...