Le conocí una mañana laborable y soleada de mayo, tomando el sol y
bebiéndome una cañita bien fría, mientras leía los correos electrónicos y actualizaba
mi perfil de LinkedIn en la terraza del bar que hay en un parque cercano. Llevaba
ya seis meses parado y hacía uno que había decidido cambiar la angustia culpable de mi
despacho por un ambiente más amable y relajado.
-¿Por qué no estás trabajando?
Aparté la vista de la tablet y me encontré al autor de tan
certera como impertinente pregunta. Un niño de unos 10 años, moreno y guapo, vestido
con un estilo peculiar, no sé, quizás un poco alternativo. También tenía cierto
acento que no supe identificar. Me miraba con tal tranquilidad y desparpajo, que
parecía casi normal que pudiera dirigirse a un adulto desconocido para preguntarle
una cosa tan delicada.
- No estoy trabajando porque no tengo trabajo. ¿Cómo te
llamas?
En otro contexto me habría desahogado contando la cadena de
desafortunadas razones personales y socieconómicas que me habían llevado a esa
situación pero, visto el interlocutor, opté esa respuesta más clara y simple.
- No eres tan viejo como para no tener trabajo, me contestó
No sabía si tomármelo como un halago o como un reproche; su
tono era totalmente sereno, fruto de la curiosidad más inocente. En cualquier
caso, decidí contraatacar.
- Y tú, ¿por qué no estás en el colegio? ¿Está tu madre por
aquí?
Los parques en los días laborables son un ecosistema
curioso, desconocido para las personas que nos hemos pasado todas las mañanas
de nuestra vida trabajando en asuntos importantes. Lo descubrí al poco de
quedarme sin trabajo. Hay gente que pasea, adolescentes que se escapan del instituto, jóvenes que se besan, madres que charlan en las terrazas a la espera
de la salida del colegio, abuelos que toman el sol, indigentes y gente ociosa
como yo.
- En la ciudad donde vivía, los adultos como tú trabajan a todas horas porque quieren ganar mucho dinero. ¿Tú no necesitas dinero?
No lo había pensado hasta ese momento, pero la verdad es que
no, no necesitaba dinero. Para nada. Entre los ahorros de más de veinticinco
años ganando un buen sueldo y la indemnización del despido, tenía de sobra para
llevar una vida tranquila. Mis hijos ya se habían marchado de casa, y llevaba
más de 5 años divorciado.
La conversación duró algo más, aquel niño preguntaba e,
increíblemente, yo le iba respondiendo. En cambio, yo no conseguí sacarle ninguna respuesta: no sabía ni cómo se llamaba, de dónde venía o cuáles de las
personas que veía sentadas en las terrazas eran sus padres.
Le seguí viendo durante unos quince días más o menos. Cuando
yo bajaba al bar, él ya estaba pululando de aquí para allá y hablando con la
gente. Le vi charlando con Lian, la camarera china del bar, con el
jardinero que viene a cortar el césped, con los barrenderos que recogen las
hojas caídas. También con las cajeras del supermercado cercano que se acercan a
almorzar al parque. Con todos entablaba conversación. Lo miraban primero
con sorpresa, luego con simpatía y, finalmente, con el gesto pensativo del que
acaba de descubrir algo tan fundamental como evidente. A veces se acercaba a
mi mesa a preguntar por alguna cuestión que no le había quedado clara.
- Lian dice que gana poco dinero en el bar porque vienen vagos
como tú que no consumen más que una cerveza en toda la mañana. ¿no te gustan
las tapas de este bar?
Y otros temas tan incómodos como importantes.
Un día dejó de venir. Simplemente no apareció más por el parque.
Al cabo de una semana le pregunté a Lian si sabía algo de él, al tiempo que le
pedía una de bravas. Su español es mejorable, pero entendí que era el hijo de
uno jipis que estaban de paso y hacían juegos malabares en un semáforo cercano.
No lo sé, la verdad es que nunca llegué a ver los malabaristas. Y tampoco volví
a charlar con aquel niño que sabía hacer las preguntas adecuadas, pero que nunca respondió a ninguna de las mías.
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