miércoles, 22 de enero de 2020

Parado de larga duración


Le conocí una mañana laborable y soleada de mayo, tomando el sol y bebiéndome una cañita bien fría, mientras leía  los correos electrónicos y actualizaba mi perfil de LinkedIn en la terraza del bar que hay en un parque cercano. Llevaba ya seis meses parado y hacía uno que había decidido cambiar la angustia culpable de mi despacho por un ambiente más amable y relajado.
-¿Por qué no estás trabajando?
Aparté la vista de la tablet y me encontré al autor de tan certera como impertinente pregunta. Un niño de unos 10 años, moreno y guapo, vestido con un estilo peculiar, no sé, quizás un poco alternativo. También tenía cierto acento que no supe identificar. Me miraba con tal tranquilidad y desparpajo, que parecía casi normal que pudiera dirigirse a un adulto desconocido para  preguntarle una cosa tan delicada.
- No estoy trabajando porque no tengo trabajo. ¿Cómo te llamas?
En otro contexto me habría desahogado contando la cadena de desafortunadas razones personales y socieconómicas que me habían llevado a esa situación pero, visto el interlocutor, opté esa respuesta más clara y simple.
- No eres tan viejo como para no tener trabajo, me contestó
No sabía si tomármelo como un halago o como un reproche; su tono era totalmente sereno, fruto de la curiosidad más inocente. En cualquier caso, decidí contraatacar.
- Y tú, ¿por qué no estás en el colegio? ¿Está tu madre por aquí?
Los parques en los días laborables son un ecosistema curioso, desconocido para las personas que nos hemos pasado todas las mañanas de nuestra vida trabajando en asuntos importantes. Lo descubrí al poco de quedarme sin trabajo. Hay gente que pasea, adolescentes que se escapan del instituto, jóvenes que se besan, madres que charlan en las terrazas a la espera de la salida del colegio, abuelos que toman el sol, indigentes y gente ociosa como yo.
- En la ciudad donde vivía, los adultos como tú trabajan a todas horas porque quieren ganar mucho dinero. ¿Tú no necesitas dinero?
No lo había pensado hasta ese momento, pero la verdad es que no, no necesitaba dinero. Para nada. Entre los ahorros de más de veinticinco años ganando un buen sueldo y la indemnización del despido, tenía de sobra para llevar una vida tranquila. Mis hijos ya se habían marchado de casa, y llevaba más de 5 años divorciado.
La conversación duró algo más, aquel niño preguntaba e, increíblemente, yo le iba respondiendo. En cambio, yo no conseguí sacarle ninguna respuesta: no sabía ni cómo se llamaba, de dónde venía o cuáles de las personas que veía sentadas en las terrazas eran sus padres.
Le seguí viendo durante unos quince días más o menos. Cuando yo bajaba al bar, él ya estaba pululando de aquí para allá y hablando con la gente. Le vi charlando con Lian, la camarera china del bar, con el jardinero que viene a cortar el césped, con los barrenderos que recogen las hojas caídas. También con las cajeras del supermercado cercano que se acercan a almorzar al parque. Con todos entablaba conversación. Lo miraban primero con sorpresa, luego con simpatía y, finalmente, con el gesto pensativo del que acaba de descubrir algo tan fundamental como evidente. A veces se acercaba a mi mesa a preguntar por alguna cuestión que no le había quedado clara.
- Lian dice que gana poco dinero en el bar porque vienen vagos como tú que no consumen más que una cerveza en toda la mañana. ¿no te gustan las tapas de este bar?
Y otros temas tan incómodos como importantes.
Un día dejó de venir. Simplemente no apareció más por el parque. Al cabo de una semana le pregunté a Lian si sabía algo de él, al tiempo que le pedía una de bravas. Su español es mejorable, pero entendí que era el hijo de uno jipis que estaban de paso y hacían juegos malabares en un semáforo cercano. No lo sé, la verdad es que nunca llegué a ver los malabaristas. Y tampoco volví a charlar con aquel niño que sabía hacer las preguntas adecuadas, pero que nunca respondió a ninguna de las mías.


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