Comprueba
que su aspecto es impecable en su reflejo sobre los cristales de las puertas del
juzgado. Posee una elegancia natural, por lo que luce de manera espectacular esa
ropa lujosa de marca que acostumbra a vestir. Es un hombre atractivo que no
pasa desapercibido. Al entrar, reparte saludos afectuosos a todos los que se
cruzan con él. Deja una estela de sonrisas hasta llegar a su despacho mientras
un halo de su perfume lo invade todo.
—¡Buenos
días, Manuel! ¿Qué tal se encuentra su mujer? —le pregunta al Guardia Civil que
controla el acceso.
—Mucho
mejor, señor. Parece que ya ha pasado lo peor. Muchísimas gracias.
—Me
alegro.
Desde
hace diez años, Marcos es juez de lo Penal. Los funcionarios le adoran. Se ha
ganado el respeto tanto de abogados como de fiscales. Siempre imparte justicia
con equidad. Nadie duda de su valía profesional ni de su calidad humana.
—¡Lourdes,
buenos días! A ver si con un poco de suerte tenemos una mañana tranquila. —comenta
con la secretaria del juzgado al llegar.
—¡Eso
espero, señoría! Últimamente llevamos un ritmo de trabajo frenético.
—Tienes
razón. Hace tiempo que no nos dan un respiro. Menos mal, que este equipo funciona
a la perfección y los resultados son excelentes.
Al finalizar su dura jornada, le
gusta comer en su restaurante favorito. El chef conoce sus gustos y siempre es
bien recibido. Se deleita con platos exquisitos que le hacen olvidar los terribles
casos que lleva entre manos. Después, al llegar a casa, se relaja un rato con
una copa en la mano y escucha sus óperas preferidas.
Siempre se lleva trabajo a casa.
Necesita estudiar bien las pruebas documentales y las testificales. Debe asegurarse
de que no se le escapa ningún detalle, antes de dictar sentencia. A pesar de
todo lo que han visto sus ojos, hay casos con los que se estremece. Le resulta
muy difícil soportar tanta crueldad. Toma una copa tras otra hasta perder la
noción del tiempo y, a veces, el conocimiento.
La mayoría de las noches, cuando
despierta, no sabe dónde ha estado ni lo que ha hecho, pero hoy, se asusta al
ver sus manos ensangrentadas.
—¡Madre
mía! ¿Qué es esto? —se pregunta—. Si no estoy herido, ¿de quién es esta sangre?
Corre a lavarse al cuarto de baño. Al
encender la luz, suelta un alarido. Tiene la cara llena de salpicaduras de
sangre.
—¡Dios
mío! ¿Qué he hecho?
Temblando de miedo y lleno de
estupor, se despoja de la ropa y se mete bajo la ducha. Deja que el agua
caliente purifique su cuerpo durante un buen rato. Ve deslizarse un reguero
rojo serpenteando por la bañera hasta alcanzar el desagüe.
Cuando recupera la calma, se pone el
albornoz y se deja caer sobre la cama. No puede dejar de pensar en lo sucedido
y no lo comprende. Revisa las notificaciones de su móvil, una a una. No hay
nada. Está a punto de dejar su teléfono, cuando descubre en la galería un vídeo
que no recuerda haber grabado.
Al visionarlo, aparece una calle solitaria
y una mujer que huye. El que la persigue acelera sus pasos hasta darle alcance.
Rodea su cuello con un brazo y aprieta hasta dejarla inconsciente. No deja de
grabar mientras la arrastra a la oscuridad de un callejón. Marcos, mira la
pantalla horrorizado. La mujer permanece desvanecida en el suelo. Su agresor se
abalanza sobre ella, la desnuda y la viola sin piedad.
De repente, destella la luna sobre la
hoja de una navaja. Marcos, grita que se detenga, pero no sirve de nada. Ve
cómo salpica la sangre el objetivo cuando el agresor le raja la garganta. Luego,
escucha un gemido animal, como de placer. Poco a poco, aparece su rostro frente
a sus ojos. Del susto, Marcos da un respingo, suelta el teléfono y se derrumba
sobre el suelo.
Es noche cerrada y apenas hay unas
pinceladas de luz, pero le parece reconocer al agresor al escuchar su voz
cuando dice: Y ahora, ¿Qué me vas a hacer?
No puede
creer lo que ve.
—¡Es
imposible! ¡Debe de ser un error! —grita tapándose el rostro— Insiste en que,
aunque aquella parezca su cara, él no tiene esa mirada cruel.
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