domingo, 26 de enero de 2020

LA REVANCHA


- ¡La fiesta ha terminado, así que vamos, disuélvanse y váyanse a sus casas! Aquí ya no hay nada que hacer. Está muerto. Estos jóvenes no saben beber. Habrá que esperar al señor juez - dijo el inspector. 


-

"¡Otra vez en el Club!" pensó Ramona con resignación desde la balaustrada sobre el patio que hacía las veces de salón de baile. Estaba enfada; el hecho de ser la más pequeña de las dos no le daba derecho a su hermana a enviarla a espiar a esa niña malcriada.

Ramona era casi huérfana. Su padre había volcado en María las atenciones que no había podido dar a su tísica esposa, que se fue apenas dos años después del nacimiento de Merceditas. Después, se amancebó con la negra Jacinta, una de las sirvientas que a la postre se convirtió en la regenta de la casa y que siempre trató a María como si fuera su propia hija. Las dos se convirtieron con el paso del tiempo en hermanas, aunque solo de un mismo padre; hasta que el cólera ó la cólera de éste (nunca lo supo) se llevó a Jacinta. Entonces Ramona fue perdiendo poco a poco sus escasos privilegios en aquella casa, sobre todo cuando don Celeste se marchó a Argentina a bailar tangos. Gracias a Dios nunca más supimos de él. 

- Esa maldita niña es digna nieta de su abuelo. Todo el día bailando y coqueteando con unos y con otros. Y yo aquí vigilando, disfrazada de Odalisca, como si fuera una esclava de una adolescente inquieta. Tan sólo nos llevamos diez años... ¿qué son diez años, sino un poco de ventaja? Mis pechos son firmes y redondos, y no dos pezoncillos que apenas se adivinan tras la blusa. Y esas desdibujadas caderas de corredor de fondo... Nada que ver con las mías, que hacen tintinear con un leve movimiento la cinta de moneditas que llevo cosida en el pareo. Si tuviera yo unos años menos, te enseñaría a bailar sobre la pista y verías como todas las demás serían invisibles…

Ramona empieza a realizar un baile lento e insinuante al compás de la canción “Dos gardenias” de Machín. 

- Yo también soy una gardenia- dice en voz alta sin percatarse de que hay alguien más detrás de ella. Siente entonces unas manos firmes sujetándole la cintura. Ramona no se gira y sigue contoneándose acoplada a un cuerpo masculino. Al final, se da la vuelta.

- Vaya..¿Quién eres tú, peludo Adonis? -  el joven intenta despojarse de la cabeza del disfraz, pero Ramona se lo impide - Mejor no saberlo - dice en voz alta, mientras el joven primate empieza a manosearle con premura por debajo de la blusa. La música continúa con la misma cadencia que aquellas manos inquietas e inexpertas y Ramona se abandona. Por una vez no es la modista, sino la propia musa de sus deseos tejidos entre dedales y alfileres. 

Unos gritos, unos lloros. Alguien sube por la escalera atropelladamente. Escucha su nombre y se vuelve mientras su acompañante sigue buscando un último trozo sin acariciar en aquella piel de ébano. Frente a ella está su reina, Cleopatra; su rostro surcado por lágrimas de negro rímel. Ha dejado de llorar de golpe y se ha quedado quieta y pálida como estatua de piedra.

- ¡Tía! ¿Qué estás haciendo? ¿No te da vergüenza?
- No de veras mi niñita, yo no he hecho nada, solo le estaba pidiendo a este chicho que me abrochara el botón de detrás de la camisa. Ramona se recompone el atuendo y empuja al joven. La decapitada cabeza de mono reposa sobre el suelo.
- ¿Juanjo? ¡Se lo diré a mamá, maldita zorra! ¿Y tú, so asqueroso, que estabas haciendo con esa vieja?
- ¿Vieja yo? Pendeja enana endemoniada. ¿Acaso crees que no te he visto restregarte entre los brazos de Renato? Eres como tu madre, altiva y sin escrúpulos. Dando esperanzas a ese pobre chico del que siempre echabas pestes... Pues ya ves, esta viejita todavía tiene su encanto- Ramona agarra de la mano a Juanjo. 
- ¡Suéltalo maldita hechicera, y déjalo libre de tu embrujo! - grita Merceditas empujando a Juanjo contra la balaustrada. Éste, trastabillado, pierde el equilibrio y se precipita sobre la fuente repleta de ponche en la mesa del patio.

Las dos se asoman. Aquel simio con cabeza humana reposa en una posición extraña sobre el suelo. Sus jugos se entremezclan con el alcohol del ponche y se licúan, aún mas rojos, por el desagüe del centro del patio. La música ha cesado.
- ¡Se lo ha buscado el muy cerdo! 
Sí Merceditas, pero vámonos ya a casa que empieza a refrescar. 
- Vale tía, pero antes ¿puedo despedirme de Renato?- El pequeño áspid de plástico sonríe en el cuello de Cleoplatra.

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