-
- Escucha, Renato- le digo mientras termino de
pintarle de rojo la cara-. Trata de hablar poco. Y, si lo haces, pon la voz
grave, como yo la tengo.
-
- - Así te parece bien, Juanjo- dice Renato copiando
mi voz como el mejor imitador.
- - Perfecto. Hasta mi madre creería estar hablando
con su propio hijo. Y, recuerda, llámala por su nombre: Mercedes. Nada de “linda”,
ni “chiquilina”, ni cursiladas de esas- cojo el tocado indio de plumas y se lo pongo-.
Ella sabe que siempre la llamo por su nombre de pila.
Renato me mira dudando del plan. Yo, inmediatamente, le cojo
por los hombros y le miro de frente.
-
- - Confía en mí. Estoy seguro de que ella siempre
ha sentido algo por mí. Ya has visto cómo nos reímos siempre, cuánto
conversamos, cómo me mira. Siempre busca que nuestras manos se toquen.
- - Entonces, amigo, ¿por qué no vas y te declaras
tú?
- - No. No puedo. No me atrevo- le digo girándome y
mirando por uno de los ventanales que dan al jardín-. ¿Y si para ella solo
fuese el amigo de su hermano? ¿Y si para ella solo fuese un viejo señor al que,
quizá admira, pero no desea?
- - Pero acabas de decirme que ella…
- - Da igual lo que yo diga- interrumpo a Renato -.
Un hombre enamorado no ve la realidad porque mira con la fe ciega del corazón. Si
me rechazase, si le mostrase mis sentimientos y ella saliera corriendo, no
podría volver a mirarla a los ojos. Y antes que eso, prefiero la muerte. Por
eso necesito que me hagas este favor.
Los invitados recorren
curiosos el jardín, con ese derecho a observar y ser observados que solo un
disfraz otorga bajo el anonimato de las máscaras. Renato apoya la mano en mi
hombro. Me giro cara a él.
- - De acuerdo, Juanjo- me dice recuperando la
confianza-. Esta noche bailaré con ella, le diré su nombre al oído, la llevaré
al jardín y la besaré.
- -Y si Mercedes te corresponde en todo, como
espero que sea, entonces te quitarás tu plumaje y tus pinturas rojas…
- -Y ella- continua Renato relatando el plan-,
cuando vea que soy yo, se enfadará y…
- -¡Exacto! Te dará una bofetada, ¡plas! Porque pensaba
que el piel roja era yo, Juanjo, su amor platónico. Y entonces apareceré tras
los setos, como un héroe, para salvarla de tus obscenas manos y tu falsa
máscara.
- - Y me empujarás y…
- -Y maldeciré que hayas nacido. Y desearé que te
vayas pronto de este mundo por aprovecharte de la inocencia de una niña - digo
terminando de peinarle con mis dedos las plumas-. Y Mercedes, entonces, se lanzará a mis brazos y ya nunca más podrá
separarse de mí.
FIN
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