martes, 28 de enero de 2020

CLEOPATRA desde otro punto de vista

CLEOPATRA

(Otro punto de vista)


Mercedes tenía cinco hermanos, todos chicos. Y todos sin excepción le hacían rabiar con frecuencia, aprovechándose, tal y como yo lo veía, de su condición de mujer entre tanto hombre. Después de casi todas las bromas, ella lloraba de una forma que daba algo de lástima. Pude ser testigo de todo ello durante algún tiempo porque uno de sus hermanos, Alberto, era muy amigo mío y a menudo yo estaba en su casa viendo películas o jugando. De hecho, allí la conocí, la primera vez que fui a casa de Alberto. Y yo siempre intentaba tratarla de la mejor manera posible, supongo que para compensar aquel comportamiento de sus hermanos.
Mercedes creció y se convirtió en una adolescente que, además, fue adquiriendo un cierto carácter que sacaba claramente delante de sus hermanos cuando estos, de manera cada vez más residual, eso sí, le hacían aún alguna broma desagradable. Poco a poco dejé de ver a aquella niña desconsolada e iba apareciendo una chica que quizá no llamaba la atención en general por su aspecto físico, pero a mí sus largas piernas y sus labios pulposos me volvían cada vez más loco. No obstante, ahí estaba la timidez, que bien podría llevar el adjetivo de “maldita” delante en estas circunstancias, que por alguna razón me impedía ir un poco más allá. Yo notaba que Mercedes me miraba con ojos deseosos, lo cual ya era, ¿no creen?, un gran motivo para lanzarme y ver qué pasaba. Pues no, los siete años que este vergonzoso bigardo le sacaba a aquella adolescente de personalidad marcada e, insisto, piernas y labios enloquecedores no eran suficientes para darme seguridad y hacerle saber lo mucho que me gustaba.
Tenía pensado que en el carnaval de 1958 cambiaran las cosas. Allí, en el anonimato de las máscaras y los disfraces, mi timidez hacia Mercedes encontraría un buen refugio y me lanzaría a bailar con ella. En el momento que menos se esperara, la besaría y rápidamente me quitaría la máscara. En ese momento cruzaría los dedos para que mi suposición de que estaba colada por mí fuera cierta. Como estoy seguro de que sí (no podía haberme equivocado respecto a sus miradas), nos iríamos al jardín del club donde se celebraba el baile y allí seguiríamos besándonos, añadiendo esta vez palabras bonitas y lo que hiciera falta. Era todo bastante perfecto en mi cabeza.
Cuando ella llegó al baile con sus hermanos, me puse más nervioso de lo que ya estaba, al ver la belleza que me llegaba disfrazada de Cleopatra y pensar que aquella noche tenía que ser la noche, sin más. No había excusas para dejar de hacer todo lo que había planeado. Así que, cuando vi el momento, separé a Cleopatra-Mercedes de los brazos de un marqués que, además, estaba acercando su cuerpo demasiado peligrosamente al de su bella acompañante con claras intenciones, y comencé a bailar con ella. Sonaba una rumba cuando tomé la decisión del gran beso y en ese desgraciado momento llegó un cacique piel roja que hizo exactamente lo mismo que yo le había hecho minutos antes al marqués. Me quedé paralizado por la confusión y no vi la forma de reaccionar. Me retiré a un banco del local y me quedé allí mirando cómo se movían al ritmo de rumbas y boleros, y retorcidos por las notas del rock and roll. Era tal mi turbación que solo minutos después caí en la cuenta de que aquel descarado piel roja era mi amigo Renato, con el cual había llegado yo al baile en compañía de otros amigos; pero esa percatación se presentó cuando ya los vi salir al jardín, cogidos de la mano. Mi estado anterior de confusión se transformó en un enfado notable hacia Renato y hacia mí mismo. Aquel sabía que la persona que se escondía debajo del chimpancé era yo (no había más en todo el baile), pero yo no había hecho nada por evitar que me arrebatara a Mercedes. Fue una noche para mí en la que, si no parecía que se iba a acabar el mundo, poco le faltaba, porque aquella adolescente con carácter me gustaba, tanto como para que quizá se hubiera casado conmigo en lugar de con el cacique ladrón de Renato.

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