CLEOPATRA
(Otro
punto de vista)
Mercedes
tenía cinco hermanos, todos chicos. Y todos sin excepción le hacían
rabiar con frecuencia, aprovechándose, tal y como yo lo veía, de su
condición de mujer entre tanto hombre. Después de casi todas las
bromas, ella lloraba de una forma que daba algo de lástima. Pude ser
testigo de todo ello durante algún tiempo porque uno de sus
hermanos, Alberto, era muy amigo mío y a menudo yo estaba en su casa
viendo películas o jugando. De hecho, allí la conocí, la primera
vez que fui a casa de Alberto. Y yo siempre intentaba tratarla de la
mejor manera posible, supongo que para compensar aquel comportamiento
de sus hermanos.
Mercedes
creció y se convirtió en una adolescente que, además, fue
adquiriendo un cierto carácter que sacaba claramente delante de sus
hermanos cuando estos, de manera cada vez más residual, eso sí, le
hacían aún alguna broma desagradable. Poco a poco dejé de ver a
aquella niña desconsolada e iba apareciendo una chica que quizá no
llamaba la atención en general por su aspecto físico, pero a mí
sus largas piernas y sus labios pulposos me volvían cada vez más
loco. No obstante, ahí estaba la timidez, que bien podría llevar el
adjetivo de “maldita” delante en estas circunstancias, que por
alguna razón me impedía ir un poco más allá. Yo notaba que
Mercedes me miraba con ojos deseosos, lo cual ya era, ¿no creen?, un
gran motivo para lanzarme y ver qué pasaba. Pues no, los siete años
que este vergonzoso bigardo le sacaba a aquella adolescente de
personalidad marcada e, insisto, piernas y labios enloquecedores no
eran suficientes para darme seguridad y hacerle saber lo mucho que me
gustaba.
Tenía
pensado que en el carnaval de 1958 cambiaran las cosas. Allí, en el
anonimato de las máscaras y los disfraces, mi timidez hacia Mercedes
encontraría un buen refugio y me lanzaría a bailar con ella. En el
momento que menos se esperara, la besaría y rápidamente me quitaría
la máscara. En ese momento cruzaría los dedos para que mi
suposición de que estaba colada por mí fuera cierta. Como estoy
seguro de que sí (no podía haberme equivocado respecto a sus
miradas), nos iríamos al jardín del club donde se celebraba el
baile y allí seguiríamos besándonos, añadiendo esta vez palabras
bonitas y lo que hiciera falta. Era todo bastante perfecto en mi
cabeza.
Cuando
ella llegó al baile con sus hermanos, me puse más nervioso de lo
que ya estaba, al ver la belleza que me llegaba disfrazada de
Cleopatra y pensar que aquella noche tenía que ser la noche, sin
más. No había excusas para dejar de hacer todo lo que había
planeado. Así que, cuando vi el momento, separé a
Cleopatra-Mercedes de los brazos de un marqués que, además, estaba
acercando su cuerpo demasiado peligrosamente al de su bella
acompañante con claras intenciones, y comencé a bailar con ella.
Sonaba una rumba cuando tomé la decisión del gran beso y en ese
desgraciado momento llegó un cacique piel roja que hizo exactamente
lo mismo que yo le había hecho minutos antes al marqués. Me quedé
paralizado por la confusión y no vi la forma de reaccionar. Me
retiré a un banco del local y me quedé allí mirando cómo se
movían al ritmo de rumbas y boleros, y retorcidos por las notas del
rock
and roll. Era
tal mi turbación que solo minutos después caí en la cuenta de que
aquel descarado piel roja era mi amigo Renato, con el cual había
llegado yo al baile en compañía de otros amigos; pero esa
percatación se presentó cuando ya los vi salir al jardín, cogidos
de la mano. Mi estado anterior de confusión se transformó en un
enfado notable hacia Renato y hacia mí mismo. Aquel sabía que la
persona que se escondía debajo del chimpancé era yo (no había más
en todo el baile), pero yo no había hecho nada por evitar que me
arrebatara a Mercedes. Fue una noche para mí en la que, si no
parecía que se iba a acabar el mundo, poco le faltaba, porque
aquella adolescente con carácter me gustaba, tanto como para que
quizá se hubiera casado conmigo en lugar de con el cacique ladrón
de Renato.
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