miércoles, 29 de enero de 2020

Cleopatra

Cleopatra

Mercedes era la única hermana de mis amigos. era una chiquilla pequeña y consentida, que a la mínima, se ponía a llorar para conseguir lo que se le antojaba. y siempre se salía con la suya. Por eso me caía tan mal cuando era una niña, y yo no perdía ninguna oportunidad de mortificarla uniéndome a sus hermanos en cualquier broma que quisieran gastarle. creo que por eso ella me tenía una mortal manía, y huía de mí siempre que yo aparecía por su casa. 

lo que pasó en aquella fiesta cambio el rumbo de nuestras vidas. Mercedes apareció con todos sus hermanos disfrazados con los trajes más elaborados de toda la fiesta. ella, vestida de Cleopatra, con el ombligo al aire, llamaba la atención de todos los marchitos que habíamos acudido vestidos con disfraces menos sofisticados. el mío , de piel roja, estaba trabajado, pero era muy simple. pero la careta que yo mismo había trabajado me daba un aspecto imponente. me acerqué al grupo de hermanos con la esperanza de llegar a bailar con la reina de la fiesta. en un momento ví que caía en los brazos de Juanjo, vestido de chimpancé, que era el “guapo” del grupo de amigos y que yo sabía que le gustaba a Mercedes. si le reconocía , yo ya no tendría ninguna oportunidad, así que aprovechándome de su temporal fealdad y de la incomodidad de su disfraz, arranqué a la reina de Egipto de sus brazos y me abracé a ella con todas mis fuerzas. ella me miró sorprendida, y se dejó llevar. yo no era tan guapo como Juanjo pero bailaba bastante mejor que él, así que fuimos trotando sobre todos los ritmos del momento, sin que nadie lograra separarme de ella. hasta que vi el momento de sacarla al jardín, para , en algún rincón oscuro, besarla. Lo conseguí, mientras envolvía con mi torso desnudo su elegante cuerpo, y poco a poco desapareció toda resistencia. hasta que apareció uno de mis amigos para recordarle que era tarde y tenían que irse, entonces yo hice aquel inoportuno comentario sobre Cenicienta, y al quitarme la careta vi su cara de sorpresa. efectivamente no me había reconocido antes. en su cara apareció una mueca que mostraba un sentimiento indefinible entre el desprecio y el odio. la misma mueca con la que me premia cada vez que digo algo para ella inconveniente, todavía hoy, treinta años después, aunque sea mi mujer.

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