ADAPTACIÓN DE “CONTINUIDAD DE LOS PARQUES”, DE JULIO CORTÁZAR
Como
ávido devoto que era de Agatha Christie, la novela que estaba a
punto de terminar, la última que le faltaba por leer de ella, no
parecía estar decepcionando a Eusebio. Las palabras de Roger Ackroyd
hacía tiempo que habían dejado de estar presentes en aquellas
líneas, su presencia solo se mostraba a través del pronunciamiento
de su nombre por parte de los demás personajes. Él ya no estaba. Ya
había sido asesinado hacia el principio del libro con un puñal. Y
en esta parte final, la gran Agatha, con el imán irresistible de su
imaginación, estaba encaminando a Eusebio hacia el descubrimiento
del asesino del bueno de Roger. Quedaba poco para saberlo.
Allí
se encontraba él, sentado en su sillón de piel marrón, dispuesto a
no levantarse hasta acabar de digerir la última página devorada.
Línea a línea iba perdiendo la consciencia de la habitación que le
rodeaba y adentrándose en otra habitación, aquella en la que
Hércules Poirot estaba dando su habitual discurso final a todos los
sospechosos, que acabaría en la revelación de la identidad del
malvado criminal. Especialmente en la parte final de las novelas de
Agatha era cuando la mente de Eusebio dejaba de estar en el mundo
real para pasar a acompañar la acción desde dentro como un
personaje más. Tras leer la última palabra de la última página,
poco a poco volvía a conectar con el suave contacto de la piel de su
sillón y a mirar su habitación con el gozo de saber que el viaje
mental fuera de ella había valido la pena.
Pero
aquella vez iba a ser distinta. Aquella vez el doctor James Sheppard,
después de ser descubierto por Poirot en el penúltimo capítulo,
apareció tras el sillón de piel marrón, esperó a que Eusebio
acabara de leer la última palabra de la última página y volviera
poco a poco a la realidad. Viendo su cara furibunda y el puñal en su
mano, parecía haber pocas dudas de lo que pretendía hacer con
Eusebio: vengarse por haber descubierto su secreto. Ya lo había
hecho con otros tantos lectores mortales. Estos pagaban el pato de la
inmortalidad del genial detective belga, contra la que Sheppard no
podía hacer nada.
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