sábado, 15 de febrero de 2020

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES (Jorge)



La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

El hombre pasó la siguiente página de su novela y, sorprendido, vio que estaba en blanco. Igualmente, comprobó que las restantes páginas no contenían ni una palabra.

Se giró y vio a la mujer, tal y como la
describía su novela: algo de broza adherida a su vestido tras ocultarse en los matorrales, una pequeña mancha de sangre en su rostro del corte de su amante con la rama y el cuchillo que sujetaba contra su pecho. Era ella.

La mujer estaba inmóvil. Apenas pestañeaba. Como un perro que espera recibir una orden. El hombre volvió a mirar su libro. Nada. Es como si la historia se hubiese detenido justo en el momento en que la protagonista se encontraba con el lector.

El hombre cogió la pluma que había usado en la carta a su apoderado y comenzó a escribir en aquellas páginas en blanco.

La mujer, al ver que el hombre se giraba, cerró la puerta y anduvo hasta ponerse de pie frente a él.  

Y fue al poner el punto a la frase, cuando la mujer, sin apartar el cuchillo de su pecho, hizo exactamente los movimientos que él había descrito. 

Con el reflejo de la luz, el hombre pudo ver lo hermosa que era y quiso amarla.

La habitación se llenó de un aroma a jazmín y lilas que su cabello desprendía. Su mirada era tierna, y una hermosa sonrisa brotó de sus labios como un amanecer.

Y el hombre se enamoró de ella inmediatamente.

Debo deshacerme de su amante, pensó. Ella lo ama. Quizá podría hacer que desapareciera. O podría asesinarlo. Puedo hacer lo que desee. Miró su pluma como si fuera una varita de mago. Se quedó pensativo. No tengo por qué matar a nadie, dijo en voz alta mientras la mujer permanecía impasible frente a él, la solución es mucho más fácil.

Ella, al ver al hombre, sintió un amor que nunca antes había experimentado. De repente, su amante con el que tenía pensado fugarse, paso a ser un amor adolescente; pasional pero frívolo y superficial. Dejó el cuchillo en la mesita y le dijo: Te deseo, amor mío.

Y tras poner el punto a la última frase, la mujer lo miró como ninguna mujer antes lo había hecho. Dejó el cuchillo y  reprodujo exactamente las mismas palabras de la novela. Él quiso levantarse, envolverla entre sus brazos y decirle que nunca la abandonaría. Que el amor que sentía era infinito y que la cuidaría el resto de sus días. Pero sus músculos estaban paralizados. Las palabras no salían de su boca. Solo su pluma le obedecía. Comprendió que él ahora formaba parte de la novela.

El hombre se levantó de su sillón de terciopelo verde, avanzó hasta ella y la abrazó. Te amo, le susurró al oído. Y la besó.

Y su cuerpo, fuera de todo control, como si alguien ajeno a él  lo estuviera manejando, hizo y dijo aquello que su misma pluma había predicho.

Y pasaron los minutos permaneciendo unidos por ese último beso. La mujer estática. Él, perdidamente enamorado, sin poder despegar sus labios de los de ella. Ninguno se movía. El silencio llenó la sala.  

La novela, junto con la pluma, esperaban sobre el sillón de terciopelo verde.


FIN

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