GRITOS COLOCADOS
Hoy
dormiré por primera vez en mi nuevo apartamento, en el quinto piso
de un edificio céntrico de Valencia. El portero está en su garita y
en el momento de entrar por el portal me saluda con su horrible
nasalidad, igual que ayer cuando llegué con mis cosas en la
camioneta de la mudanza. Es una pena que un hombre que debe de tener
unos cincuenta años ofrezca al mundo aún esta lamentable carta de
presentación en sus cuerdas vocales. Con la edad se suelen corregir
estas cosas, pero por desgracia para él y los que le escuchan, de
momento en su caso no ha sido así. Por suerte, no parece que sea muy
hablador y esto me tranquiliza, teniendo en cuenta que probablemente
deberé cruzarme con él casi todos los días.
Subo
en el ascensor acompañado de un vecino, un señor mayor, aunque no
me atrevería a decir qué edad tiene. Más que el portero, desde
luego; eso sí, es mucho más agradable escucharlo cómo se ofrece a
ayudarme en todo lo que necesite para llevar mejor mi calidad de
recién llegado. Bonito color de voz, gravedad incluso seductora. Me
despido de él agradeciéndole su ofrecimiento y deseando que podamos
conversar a menudo.
Llego
a mi piso y en seguida me pongo a desembalar todo y a ordenar mi
nueva vida. Salvo por el ruido que hago al trajinar con mis cosas, no
se escucha nada más. Pero, de repente, las voces de dos hombres, que
deben de venir del piso de arriba. Parecen muy enfadados. Me detengo
a escuchar más atentamente. No, están muy enfadados. Alcanzo a
entender casi todas las palabras que se lanzan y me llevo una grata
sorpresa al comprobar la buena colocación con que se las lanzan. Si
mis vecinos son capaces de dar estos matices en un tono elevado,
bienvenida sea la mala calidad de las paredes que me permitirá
disfrutar cuando estén hablando en un volumen más tranquilo.
La
discusión aumenta su fragor sin perder ni un poco de su elegante
estruendo, hasta que se oye un disparo; inmediatamente después, un
insulto envuelto en un gemido de dolor. Temiéndome una catástrofe,
llamo a la policía, explicando lo que he escuchado. La mujer que me
atiende me dice que en seguida vienen para acá unos agentes. Al cabo
de pocos minutos empiezo a escuchar ruido de barullo en el rellano de
arriba. No puedo resistirlo, claro, y subo. Allí se arremolinan unos
cuantos curiosos. No tardamos en ver cómo sacan de uno de los pisos
dos camillas, con dos cuerpos tapados por sábanas. Mis dos vecinos.
¿Quizá uno disparó al otro y luego se suicidó? No lo sé. En fin,
mañana en el estudio de doblaje contaré lo excepcional que ha sido
mi primer día en el nuevo edificio.
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